31. Marcas de poder

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Jueves, 26 de julio de 2016, Malabo-Guinea Ecuatorial

La mañana se abrió gris, con nubes bajas que parecían aplastar el horizonte. Frente a los almacenes del puerto, el aire olía a hierro oxidado y sal. Camiones cargados con contenedores aguardaban en fila, mientras los hombres de seguridad revisaban listas con gestos adustos.

Víctor llegó con su traje impecable, acompañado de Anabel, cuyos tacones resonaban firmes sobre el suelo húmedo. Bajo el brazo llevaba la misma carpeta oscura que había mostrado la tarde anterior: pesada, como si guardara secretos que nadie debía leer.

—Están todos esperando —susurró Anabel, inclinándose hacia él.

—Perfecto —respondió Víctor, con esa sonrisa que nunca revelaba nada.

El jefe de logística se apresuró a recibirlos. Era un hombre robusto, nervioso, que no dejaba de mirar los contenedores recién bajados de un carguero.

—Señor Mendoza, señorita Anabel... aquí están los materiales que se indicó.

Víctor entrecerró los ojos. Un operario abrió el primer contenedor, dejando escapar un olor acre, metálico. Paquetes envueltos en lonas grises se apilaban en el interior.

—¿Ya se verificó el manifiesto? —preguntó él, sin levantar la voz.

—Sí, señor. Todo coincide... aunque hubo un retraso en el puerto.

Anabel tomó nota en su tablet. Sus ojos, rápidos, repasaban cada número antes de volver a mirarlo con complicidad.

—No habrá problemas... siempre y cuando nadie empiece a husmear.

Víctor asintió lentamente y acarició con los dedos la superficie de uno de los paquetes, como si comprobara su densidad.

—Lo importante es que esto nunca salga de aquí —dijo al fin, dejando caer la frase como una orden.

Los hombres presentes intercambiaron miradas silenciosas. Nadie preguntó más. Nadie quería saber.

De allí, Víctor y Anabel se dirigieron hacia una entrada lateral más discreta. Los obreros cargaban con parte de la mercancía hacia la bodega privada de la familia Adjibi, un espacio al que pocos tenían acceso y donde los registros oficiales no existían.

Un corredor angosto los condujo hasta una oficina en el segundo nivel, con vista directa al bullicio de la bodega. A través de un ventanal enrejado se veía el ir y venir de los trabajadores descargando las cajas selladas.

Dentro los esperaba un hombre de traje beige, de acento fuerte y maneras demasiado confiadas para estar en un territorio que no era el suyo. Era un inversor francés, Monsieur Arnaud Lefèvre, conocido por hablar sin filtros incluso cuando la prudencia lo exigía.

Se levantó para estrechar la mano de Víctor y le dedicó una sonrisa que bordeaba la insolencia.

—Monsieur Mendoza... —dijo en francés, arrastrando la voz con descaro—. "Votre femme est une perle rare. Si j'avais su que Tecnoplus envoyait des femmes comme elle... j'aurais investi bien avant."

Anabel arqueó una ceja, sorprendida por la osadía. Víctor, en cambio, solo ajustó la chaqueta con un gesto lento, sin responder. El inversor rió por lo bajo, sin captar o fingiendo no captar la sombra de amenaza en los ojos del español.

Cuando el hombre salió, tras acordar las últimas firmas, la oficina quedó en silencio. Fue entonces cuando Anabel, con su dulzura fingida, irrumpió la calma:

—¿Tout marche bien?

Víctor no respondió de inmediato. Se limitó a acomodar su chaqueta con concreción maniática, sin mirarla. Esa indiferencia era su forma más calculada de castigo.

Enredo I: Sueño o realidadDonde viven las historias. Descúbrelo ahora