Chishiya

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One Shot – “Última Jugada”










La noche caía sobre el Borderland, iluminada por los destellos rojos de los disparos. El Rey de Espadas seguía moviéndose con precisión letal entre las sombras, y cada paso parecía acercarlos más a la muerte.

Chishiya caminaba delante, con esa calma inquietante que nunca perdía. Su pareja, ___, lo seguía, pero la tensión entre ambos era palpable desde hacía rato.

—Esto es un suicidio, Shuntaro —murmuró ___, apretando el arma entre sus manos—. No podemos enfrentarlo de frente, necesitamos una distracción.

Chishiya se detuvo, ladeando la cabeza con una sonrisa irónica.
—¿Y tu plan cuál es? ¿Correr como conejos y esperar a que él se canse?

—¡Mi plan es sobrevivir! —espetó ___, la voz quebrada por la mezcla de miedo y rabia—. ¡Tú crees que todo es un juego, pero esta vez no es un tablero de ajedrez, es nuestra vida!

El médico la miró fijamente. Sus ojos, fríos como siempre, parecían atravesarla.
—Todo es un tablero, ___… y la diferencia entre ganar o perder depende de quién mueva primero.

El silencio se extendió unos segundos. A pesar de la discusión, había un brillo extraño en su mirada; algo que nunca admitía, pero que estaba ahí: no quería perderla.

Un disparo resonó, y el aire se cortó en dos. El Rey de Espadas había encontrado su posición. Ambos corrieron entre las ruinas, las balas rebotando a su alrededor.

—¡Chishiya! —gritó ___, cubriéndose tras una columna—. ¡Si vamos juntos, moriremos juntos!

Él iba a responder, pero en ese instante el enemigo apareció frente a ellos, implacable. La pistola del Rey de Espadas apuntaba directo a Chishiya.

El tiempo pareció detenerse. ___ reaccionó sin pensarlo.

—¡No! —fue el último grito antes de lanzarse hacia adelante, interponiéndose entre la bala y el hombre que amaba.

El disparo retumbó en el aire.

Chishiya sintió cómo la sangre de ___ le manchaba las manos mientras la sostenía. Por primera vez, la sonrisa arrogante se borró de su rostro.

—Idiota… —susurró, con la voz quebrada—. ¿Por qué harías eso?

___ lo miró con los labios teñidos de rojo, forzando una sonrisa débil.
—Porque… aunque nunca lo digas… sé que tu vida importa más que tu orgullo. Y yo… yo quiero que vivas.

Las lágrimas, silenciosas, se acumularon en los ojos de Chishiya, un gesto que nadie más había visto jamás. Apretó la mano de su pareja con desesperación.

—No me dejes… no puedes dejarme.

El corazón de ___ latía cada vez más despacio.
—Haz tu última jugada… y gana. Hazlo por los dos.

Y con esas palabras, la luz en sus ojos se apagó.

Chishiya permaneció arrodillado unos segundos, inmóvil, como si su mundo se hubiera detenido. Luego levantó la mirada hacia el Rey de Espadas. Ya no quedaba rastro del sarcasmo en su rostro: solo una furia fría y calculadora.

Por primera vez, Chishiya no jugaba para sí mismo. Jugaba para vengar la vida que había perdido.

Con un grito ahogado, Chishiya la dejó suavemente en el suelo y se alzó contra el Rey de Espadas.
El enfrentamiento fue rápido, brutal, cargado de rabia. Y al final, el Rey cayó.

El silencio reinó.
El cielo se iluminó con la proyección, y una voz resonó:

—Felicidades. Has sobrevivido al último juego. ¿Deseas aceptar la visa permanente y quedarte en este país?

Chishiya estaba arrodillado, sosteniendo aún la mano de ___. Miró la pantalla un largo rato, y luego bajó la vista hacia ella. Entretejió sus dedos con los suyos y apoyó la frente en su mano.

—No —dijo en voz baja, pero firme.

Alzó la vista hacia la proyección.
—Ella tampoco acepta.

La luz desapareció, el aire se volvió denso… y todo se apagó.

La luz desapareció, el aire se volvió denso… y todo se apagó

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Hospital – Mundo Real

Un pitido constante lo despertó. El olor a desinfectante reemplazaba al humo y la pólvora. Chishiya abrió los ojos, confundido, viendo el techo blanco del hospital.

Su corazón dio un vuelco. A un lado de la sala, en otra camilla, ___ estaba recostada, respirando con dificultad, pero viva. Sus ojos parpadearon lentamente, buscando algo… y cuando lo encontraron, se iluminaron con alivio.

—Shuntaro… —susurró, débil.

Él se incorporó con esfuerzo, aún adolorido, y estiró la mano hacia la suya.
La tomó con suavidad, como si tuviera miedo de que desapareciera.

Ella sonrió entre lágrimas.
Esta vez no había balas, ni reyes, ni visados.
Solo ellos, vivos, con una segunda oportunidad.

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𝐎𝐍𝐄 𝐒𝐇𝐎𝐓𝐒/𝐀𝐋𝐈𝐂𝐄 𝐈𝐍 𝐁𝐎𝐑𝐃𝐄𝐑𝐋𝐀𝐍𝐃Donde viven las historias. Descúbrelo ahora