El amanecer apenas insinuaba su presencia cuando la habitación, bañada por la tibia luz dorada que entraba por el ventanal frente a la cama, respiraba un aire de completa tranquilidad.
La casa quedaba justo frente a la playa, de modo que el sonido del mar era prácticamente parte del ambiente: el vaivén suave de las olas, el golpeteo constante contra la orilla y la espuma retrocediendo en un murmullo rítmico que parecía marcar el pulso mismo del amanecer.
Kinn y Vegas dormían profundamente. Sus cuerpos, cubiertos por un par de sábanas gruesas que olían ligeramente a suavizante y a brisa salada, estaban entrelazados de una forma casi instintiva.
El frío matinal aún reinaba pese a estar cerca del océano; ese tipo de frío fresco, húmedo, que se pega a la piel apenas se sale de las cobijas.
Pero entre ellos había un calor íntimo, tibio, perfectamente sellado por la manera en que el alfa rodeaba con el brazo la cintura de su Omega.
Vegas tenía las piernas enredadas con las de Kinn, buscando su calor incluso dormido.
Su respiración era lenta, profunda, con ese pequeño sonido sutil que hacía cuando estaba completamente relajado.
La cabeza reposaba bajo la clavícula de Kinn, justo donde el latido era fácil de sentir.
El viento, suave y fresco, se colaba por la ventana entreabierta, haciendo moverse las cortinas de lino como si estuvieran bailando.
Cada vez que la tela se elevaba con la brisa, dejaba entrar una ráfaga cargada del olor del mar: sal, madera húmeda, arena caliente que empezaba a secarse con los primeros rayos del sol.
Al golpear ligeramente la piel de ambos, ese viento hacía que se encogieran un poco más bajo las sábanas, buscando refugio el uno en el otro.
Las respiraciones sincronizadas, el silencio cálido de la habitación, la luz dorada reposando en las paredes… todo creaba una escena que parecía suspendida en el tiempo.
Kinn fue el primero en moverse.
Un suspiro escapó de sus labios cuando sintió que su Omega se acurrucaba aún más contra su pecho, como si su cuerpo inconscientemente no quisiera permitir que el día comenzara.
El alfa abrió los ojos lentamente, ajustándose a la luz tenue que entraba por el ventanal.
Lo primero que vio fue el cabello de Vegas, suave y ligeramente desordenado, caído sobre su clavícula.
Su expresión era la de alguien sumergido en un descanso profundo, la mandíbula relajada, los labios apenas entreabiertos. Kinn deslizó la mirada por la habitación: la mesa de noche, el ventanal, la línea dorada que el sol proyectaba sobre el piso de madera… y el reloj.
6:30 a. m.
El día apenas estaba comenzando.
El alfa volvió a mirar a su Omega, permitiéndose unos segundos de contemplación.
Había algo en Vegas dormido que lo derretía: esa vulnerabilidad que nunca mostraba despierto, esa calma que casi nadie conocía.
Kinn… déjate de mover… —murmuró Vegas de pronto, con la voz ronca del sueño.
El sonrió.
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Untouchable
Roman d'amourVegas está cansado de fingir lo que no es, solo por evitar que su "padre", lo mate a el y a su pequeño cachorro y tiene que aguantar todas las humillaciones Macao ve lo que sufre su hermano mayor y quiere ayudarlo pero el siempre le dice que no Ki...
