Emily y Harry Potter son gemelos inseparables, unidos por un destino marcado desde el 31 de octubre de 1981, la noche en que Lord Voldemort arrebató la vida de sus padres, dejando en sus frentes la cicatriz que ambos llevarán por siempre.
Sin embar...
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Emily
El pasillo nos recibió con un frío distinto, más real. Cuando la puerta se cerró a nuestras espaldas, ambos soltamos el aire que habíamos estado conteniendo.
Y entonces, sin poder evitarlo, di un puñetazo contra la pared.
El golpe resonó más fuerte de lo que pretendía. El dolor subió inmediato por mis nudillos, pero no me importó. No comparado con la sensación que me quemaba por dentro al recordar aquel momento.
El hurón. Las risas ahogadas. Las miradas clavadas en mí.
Sentí cómo la vergüenza volvía a apretarme el pecho, densa, desagradable. No era miedo lo que me hacía bajar la mirada, sino la humillación de haberme sentido expuesta, invadida… incapaz de reaccionar como habría querido.
—Emily… —la voz de Harry fue baja, urgente.
Antes de que pudiera decir nada más, ya estaba frente a mí. Me tomó las manos con cuidado, obligándome a soltar la pared. Sus dedos rodearon los míos con firmeza, revisando mis nudillos en silencio, como si el mundo se redujera a eso.
—No vuelvas a hacer eso —dijo, sin dureza, pero con una autoridad tranquila que no admitía réplica—. No así.
Levanté la vista. Sus ojos verdes esmeralda —heredados de nuestra madre— estaban oscuros, tensos. No de enojo, sino de algo más profundo: protección. Culpa, incluso. Como si aquel momento en el patio hubiera sido un fracaso personal para él.
—Lo siento —murmuré, sin saber exactamente por qué lo decía.
Harry negó con la cabeza de inmediato.
—No —respondió—. No tienes nada que lamentar. Nada.
Apretó un poco más mis manos, asegurándose de que lo entendiera.
—Él no tenía derecho. Y nadie va a volver a acercarse a ti así. Nunca.
Tragué saliva. La vergüenza seguía ahí, pero su presencia la hacía menos asfixiante. Más soportable.
Caminamos juntos por el pasillo, hombro con hombro.
—Al menos Aldrick estuvo ahí para defenderte —me dijo Harry, poniendo su mano sobre mi hombro, pero pude notar una mueca en su rostro—. Algo que a mí me correspondía, pero no podía quitarte a Malfoy de encima sin que…
—Descuida, Harry —lo interrumpí, queriendo tranquilizarlo—. Sé que querías ayudarme, pero te detuviste no por miedo, sino porque jamás te atreverías a cruzar una línea más allá de nuestra hermandad.