Emily y Harry Potter son gemelos inseparables, unidos por un destino marcado desde el 31 de octubre de 1981, la noche en que Lord Voldemort arrebató la vida de sus padres, dejando en sus frentes la cicatriz que ambos llevarán por siempre.
Sin embar...
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Harry
Al llegar a la sala común, Fred, George, Ginny, Neville, Seamus, las gemelas Patil y el resto de nuestros compañeros se giraron casi al mismo tiempo al oírnos entrar.
Las conversaciones se apagaron una a una.
Las sonrisas se desvanecieron al notar a Emily —montada sobre mi espalda— con la mirada perdida, los brazos flojamente rodeándome el cuello, como si estuviera despierta… pero muy lejos de allí.
—¿Qué ocurrió? —preguntó Ginny, avanzando unos pasos, con el ceño fruncido.
No supe qué responder de inmediato.
Ron y Hermione intercambiaron una mirada rápida. Felicia permaneció en silencio, apoyada junto a la escalera, observándolo todo con una atención que no pasó desapercibida.
—La encontramos en el bosque —dijo Hermione al final, midiendo cada palabra—. Estaba… desorientada.
Fred y George dejaron de sonreír por completo.
—¿En el Bosque Prohibido? —murmuró Neville, pálido.
—Sí —respondí—. Pero ya está bien.
Al menos, eso esperaba.
La llevé hasta uno de los sofás y la ayudé a sentarse. Emily obedeció sin protestar, con movimientos lentos, como si cada gesto requiriera un esfuerzo que no se notaba a simple vista.
—Emily —dijo Ginny, agachándose frente a ella—. ¿Me oyes?
Mi hermana parpadeó una vez. Luego otra.
—Sí… —respondió al fin, con voz suave—. Sólo estoy cansada.
Su tono era tranquilo, demasiado tranquilo.
Hermione se arrodilló a su lado, observándola con atención, como si buscara algo en su expresión.
—¿Recuerdas cómo llegaste al bosque? —preguntó con cuidado.
Emily negó lentamente.
—Recuerdo los árboles —dijo—. Y la luna. Nada más.
Ron soltó el aire que parecía haber estado conteniendo desde que entramos.
Las gemelas Patil se miraron entre sí, inquietas. Seamus fingió volver a lo que estaba haciendo, aunque no dejó de lanzar miradas furtivas en nuestra dirección.
—Será mejor que Emily suba a dormir —dije finalmente—. Ha sido una noche larga.
—Te acompaño —dijo Ginny de inmediato.
Emily se levantó con ayuda, apoyándose un segundo más de la cuenta en mi brazo.
Al pasar junto a la chimenea, el fuego chisporroteó con fuerza, proyectando sombras que parecieron alargarse demasiado por las paredes.