Emily y Harry Potter son gemelos inseparables, unidos por un destino marcado desde el 31 de octubre de 1981, la noche en que Lord Voldemort arrebató la vida de sus padres, dejando en sus frentes la cicatriz que ambos llevarán por siempre.
Sin embar...
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Emily
Esa misma noche, en la casa de campaña, los chicos celebraban la victoria de Irlanda sobre Bulgaria, pero yo me encontraba en un rincón, escribiendo una carta a mi admirador misterioso con la ayuda de Hermione, Ginny y Fel, quien a regañadientes aceptó ayudarme, aunque claramente no era fan de este tipo de cosas.
—¿Qué le podría contar? —me pregunté en voz baja—. ¿Dónde podríamos vernos… o…?
Hermione, Ginny y Felicia se miraron entre sí, compartiendo una idea.
—Podrías insinuar sutilmente que quieres verlo en algún lugar y que te diga cuáles son sus intenciones contigo —sugirió Hermione, con esa seguridad que siempre la caracterizaba—. Por suerte, yo soy buena en eso.
Ginny quiso aportar, pero Fel no tardó en soltar un sermón directo.
—Potter, sabes que esto no es lo mío —dijo cruzándose de brazos—. Además, ¿por qué ese idiota sigue con su misterio en vez de revelarse de una vez?
—Tal vez tiene sus razones —intenté calmarla—. Quizá espera el momento adecuado para mostrarse… y además, eso le da un toque de misterio.
Fel me miró con cara de incredulidad, como si me hubiera comido un caramelo de espinaca.
—Sí, Fel. Además, forma parte de la emoción —intervino Ginny—. Démosle a Emily la oportunidad de comunicarse con él.
Con la ayuda de mis amigas, finalmente terminé la carta, expresando mi deseo de encontrarme con mi admirador misterioso en un lugar tranquilo, donde pudiéramos conocernos mejor. Después de todo, sentía una curiosidad que no podía ignorar: quería descubrir quién era y cuáles eran sus intenciones.
—Espero que esto funcione y que finalmente puedas conocerlo —me dijo Hermione, entregándome la carta con una sonrisa alentadora.
—Gracias, chicas. No sé qué haría sin ustedes —respondí, sincera y agradecida.
Con la carta lista, la dejé en un lugar seguro para que él la encontrara. Sólo quedaba esperar y observar, mientras escuchábamos a Harry y a los gemelos Weasley burlarse de Ron.
De repente, se oyeron gritos afuera de la casa de campaña y el señor Weasley salió corriendo para investigar.
—Creo que los irlandeses están festejando —comentó George, pero fue interrumpido por su padre.
—¡Alto, deténganse! —gritó Mr. Weasley, con el rostro tenso—. No son los irlandeses, ¡tenemos que salir de aquí ahora!