Epílogo.

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Sería gracioso decir que Liz Hemmings entró en el cuarto de su desquiciado hijo mucho antes de que éste se suicidara, pero sería una vergüenza y una lástima decir que el joven Luke no se pudo encontrar con el amor de su vida, Michael Clifford.

Su blancuzca y delgada anatomía yacía en el frío suelo de su habitación. Sus venas inyectadas con tanta heroína como fuese posible y sus pobres piernas rayadas por el martirio que le produjo la pronta ida del joven de cabellos de colores. Un charco de sangre se acumulaba debajo de su torso y casualmente su cd favorito de The cure se reproducía lentamente. Se podría decir que a pesar de todo lo que Luke Hemmings atravesó estos últimos años, seguía siendo un afortunado.

Afortunado de tener a alguien como Michael en su vida y a pesar de los pocos momentos que vivieron juntos, fueron capaces de volverlos eternos. Porque un abrazo, una mirada, un poema, una canción o el tiempo, siempre será más valedero que cualquier beso, acto sexual o búsqueda de la pareja perfecta. Porque estos chicos, desesperados y necesitados, encontraron en el otro lo que el mundo les había negado: amor.

Ese amor que nos atrapa y nos envuelve en un vaivén de emociones y locuras. Aquel amor que hace que sientas la necesidad de estar junto a esa persona y respires su mismo aire. Aquel amor que no se presume y tiene etiquetas. Ese que en vez de encadenarte, te da alas.

Porque Luke y Michael ahora son ángeles.



"Duda que sean fuego las estrellas,

Duda que el sol se mueva,

Duda que la verdad sea mentira,

Pero no dudes jamás de que te amo".

-William Shakespeare.


Drowned ✄ muke.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora