1. Aker Beltza

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Mikel era un ermitaño que vivía en las montañas. En su cabaña no había luz. Cocinaba con fuego y sus únicos compañeros eran los árboles y una cabra negra. El viento agitaba los árboles y por la ventana de la humilde vivienda se podía oír el silbido agudo del aire.

La cama, hecha por el mismo Mikel, estaba hecha con la misma madera que las paredes y el techo, y ocupaba un espacio pequeño en un rincón adornado con pinturas y dibujos toscos que él mismo había pincelado y gravado. Las piedras de la parte baja de las paredes habían sido también cinceladas y talladas por el ermitaño; básicamente, su hogar había sido íntegramente construido por sus manos grandes y duras de tanto trabajar.

Mikel bajaba al pueblo sólo cuando era necesario, había que aprovisionarse de comida; no podía alimentarse sólo del queso que obtenía de la cabra, o de los escasos vegetales que podía plantar. Entonces iba a la feria del pequeño poblado del valle de la montaña y volvía con pan, frutas y hortalizas. Tenía tanto cariño por su cabra que había decidido que en su dieta no habría lugar para animales. Su fuerza física y su apariencia rígida contrastaba brillantemente con su sensibilidad ética y artística.

Entre sus posesiones más apreciadas había una guitarra que intercambió por una brillante estatuilla de madera, labrada con representaciones mitológicas vascas, con un viajero bretón en su paso por el pueblo, donde Mikel vendía sus artesanías. Aprendió a tocar por su propia cuenta y cantaba las canciones más populares para su público incondicional: los pájaros, los árboles, las ardillas y la cabra negra. Si de sus pasiones se trata, la música era una de las más notables. Tocaba la txirula, la gaita, el acordeón y el ttun ttun.

A pesar de ser una de las personas más queridas en el pueblo, Mikel prefirió la soledad. Decidió aislarse cuando una bomba fascista provocó un incendio que destruyó su casa y se llevó a su Ama y a su Aita, mientras él intentaba rescatar a su anai, que pereció en sus brazos por las quemaduras. Desde los tiempos de sus bisabuelos, su familia era una de las más queridas en el pueblo por su hospitalidad, generosidad y humildad: él no iba a ser la excepción.

De esta manera, una de las peculiaridades de su hogar, era la cantidad de camas escondidas que tenía. Levantando unas maderas del suelo se encontraba una. Al lado del aparador podía bajarse un tablón que podría pasar desapercibido, que escondía otra. Él brindaba alojo a quien lo necesitase, a cambio de compañía y ayuda en el trabajo diario.

El bretón que cambió su guitarra por la estatuilla fue uno de esos tantos huéspedes. Pasó tres noches, pues la nieve hacía imposible el viaje de vuelta hacia Penn ar Bed. Como obsequio otorgó a Mikel una botella del mejor vino de Portugal y una sidra embotellada que había comprado en Donostia, de una de las sidrerías más distinguidas de la ciudad. Esto y el buen trato generaron una amistad que se prolongó por siempre, manteniendo el contacto a través del correo.

Mikel, el de la casa rojaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora