Poco se supo sobre la vida amorosa de Mikel, salvo algunas excepciones. La más notable había sido Amaia Olaondo, la última en pasar por su vida. Vivían juntos en aquella cabaña sobre las montañas y trabajaban juntos la piedra y la madera.
El aspecto de Amaia no coincidía absolutamente en nada con su potencial trabajador a los ojos de cualquier extraño: de rasgos delicados, brazos finos y piel tersa, era notorio el contraste entre aquello y su fuerza física. Su cara era como la de un ángel, de pelo oscuro y ojos como almendras, de semblante humilde y sonrisa permanente.
La vida parecía cálidamente hermosa en las montañas, salían cada dos semanas a vender sus producciones y tenían todo el tiempo del mundo para quererse. Hasta que el tiempo se detuvo.
Mikel tallaba una flauta de madera de roble, mientras su compañera miraba la corriente del río que corría a cientos de metros por debajo suyo: estaba parada en la cima de la montaña, al borde del abismo. Su rostro era sereno y sonriente, el sol iluminaba su cara y el viento mecía su cabello suavemente... la adrenalina era una de sus pasiones, a pesar de las advertencias de Mikel acerca del peligro que suponía pararse en ese lugar.
Un ave de gran porte sobrevolaba la montaña, buscando una presa. No había carroña. Bajó en picado y dio de lleno contra la espalda de Amaia, que cayó de bruces sobre una meseta pequeña de roca, y siguió cuesta abajo, golpeándose repetidas veces. Al oír el primer grito, Mikel corrió hacia donde ella estaba, pero al llegar no podía detener aquel cuerpo ya inerte en caída libre.
El río se volvió rojo y sobre él flotaba el cuerpo ya muerto de Amaia Olaondo, compañera inseparable de Mikel. Ambos tenían 38 años en ese momento.
Bajó, pues, Mikel al río y lloró. Tantas lágrimas derramó que el río parecía fluir de su cara y no del deshielo. Recogió el cuerpo de su compañera, cerró sus ojos, la llevó a la montaña nuevamente y le hizo un ataúd perfecto, para que no se sintiera incómoda jamás en su vida. Cavó una fosa bajo el árbol y la enterró, rogándole a Maddi que la llevase junto a Brighid a las tierras del eterno verano.
Su corazón se congeló para siempre.
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Mikel, el de la casa roja
PovídkyEsta historia cuenta la vida de Mikel, un ermitaño que vive en los Pirineos. Cuenta cómo sobrevivió al bombardeo de Gernika en 1937 y cómo siguió su vida a partir de ese momento.