La hora de levantarse podía ser cualquiera, pues no era un asalariado, pero Mikel decidía madrugar para cuidar de sus cultivos, cortar leña para la estufa y la cocina, sacar la nieve de los alrededores, y pasear con su cabra. Después de almorzar a mediodía, se tomaba un tiempo para leer leyendas sobre Maddi, cantar, practicar sus habilidades como bertsolari y tocar sus instrumentos bajo un roble que, a juzgar por su tamaño, parecía tener más de 150 años.
Luego de pasar una o dos horas de tranquilidad, se quedaba trabajando en sus manualidades y en el mantenimiento de su hogar hasta pasadas las ocho, entonces entraban él y la cabra a la cabaña y cenaban. Luego seguía leyendo, hasta que sus ojos se cerraban del cansancio y caía dormido en su cama.
Mikel tenía un sueño recurrente, y era el preciso momento en el que su hermano pequeño moría en sus brazos, en Gernika, tras el bombardeo nazi. Muchas veces despertaba con la cara totalmente roja, como las paredes de la casa en la que vivió, y su visión, empañada por las lágrimas, se volvía turbia. Habían pasado treinta años y no lograba sacarse esa espina. Cada vez que tenía ese tipo de sueños, trepaba hacia la cumbre de la montaña y rogaba a Maddi que lo ayudase a quitar de su cabeza ese dolor, sin borrar el recuerdo.
Además de recurrir a la diosa vasca, Mikel tenía un interés particular en otras prácticas precristianas, como la mitología celta, y practicaba ritos paganos —a escondidas, por supuesto, del pueblo cristiano que moraba a los pies de la montaña— de adoración a la tierra y a la vida. Creía que de esta forma podría liberarse al fin de tanto dolor; la iglesia cristiana nunca le sirvió de nada, pues sólo le decían que en esta vida se sufre para llegar al paraíso. "Vaya forma de ganarse el cielo, hostia", pensaba.
Mikel había tenido un pasaje como harrijasotzaile*, fue famoso durante unos años al lograr levantar 280 kilos, pero su carrera no duró demasiado porque esto le provocó una lesión en la espalda que impidió su continuidad en el deporte. A pesar de eso, seguía trepando árboles para recoger las mejores bellotas y plantar robles por donde fuese. Nunca destacó en el frontón tampoco, aunque le encantaba ver los partidos.
Igual que en muchas casas de aquel pequeño pueblo vasco, ondeaba en el techo de la cabaña una Ikurriña. Supo ser un militante independentista, pero el régimen de Franco lo obligó a abandonar la actividad pública para operar en secreto durante un tiempo.
En fin, era un hombre de proyectos frustrados. Esa fue una de las razones por las cuales decidió irse a las montañas, aunque había también otras...
*N. del A.: Literalmente, levantador/a de piedra. Deporte popular en Euskal Herria
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Mikel, el de la casa roja
NouvellesEsta historia cuenta la vida de Mikel, un ermitaño que vive en los Pirineos. Cuenta cómo sobrevivió al bombardeo de Gernika en 1937 y cómo siguió su vida a partir de ese momento.