4. Heriotza

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La pérdida de Amaia fue un duro golpe para Mikel, quien jamás volvió a ser el mismo. Ya prácticamente no bajaba al pueblo, ni hacía recados. Poco era lo que comía y no tenía dinero. Los pueblerinos lo evitaban, pues el dolor que lo rodeaba era contagioso; la soledad, entonces, era aún más intensa.

El invierno parecía no terminar, mientras Mikel se calentaba junto a su cabra en la estufa. Las noches parecían no acabar, y casi no dormía. Su depresión era tal, que su cabra lamía su brazo para consolarlo. Esa cabra era leal.

De día salía y observaba los campos, se acercaba a la pendiente maldita, aquella donde murió su compañera, se sentaba y lloraba. Volvía y componía canciones que al rato olvidaba, o improvisaba melodías en el pueblo para juntar monedas y comprar bebida. Pero tampoco eso derritió el hielo de su corazón.

Una noche de luna llena, mientras la cabrita dormía, salió Mikel de su cabaña totalmente borracho y casi inconsciente. 

—Tengo mucha sed— , dijo la luna a Mikel.
—Lo comprendo, podrás beber en breve— respondió él.

Con la soga de la cabra hizo un nudo y probó su fuerza con el pie. Satisfactorio.

La cabra, que se había despertado, derramaba una lágrima y se alejaba de la cabaña y del árbol que se había convertido en horca.

Bebió entonces la luna, bebió y se sació, entonces el invierno se fue.

—Gracias, Mikel—.

Mikel, el de la casa rojaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora