Capítulo 1

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No había pasado medio siglo desde la última vez que se escuchó aquel hermoso canto que, según los creyentes, si alguien llegaba a ver al portador de la melodiosa voz, este le concedía cualquier deseo que pidiese a cambio de un valor equivalente. Los rumores circulaban con tanta rapidez que incluso llegó por mera curiosidad o casualidad a los oídos de Killian, un apático pero prodigio estudiante de Bachillerato que tiende a tener unos gustos bastante extravagantes, más si se trataban de leyendas urbanas o de sus macabros rituales en la medianoche. Sin embargo, después de una larga noche en la fiesta en casa de unos amigos de la empresa, los padres del muchacho le descubrieron en el baño como su hijo acuchillaba a un peluche, sacado todo el interior de dicho objeto para después depositar en el espacio vacío arroz. Sus progenitores estaban tan preocupados por el rubio que no tuvieron otro más remedio que contratar a un especialista profesional y Killian debía procurar que su psicólogo no descubriera que escuchaba voces en su cabeza si no quería acabar en un centro psiquiátrico.

En la escuela solo tenía a dos confidentes que en algunas ocasiones se mantenían a su lado, Cassiopeia Libellum y Caín Fahreint, quienes siempre compartían sus mismos gustos hacia el terror psicológico o a lo desconocido y algunas pocas veces habían echo juntos algunos rituales, pero no por ello se confiaban mutuamente. Killian no recordaba cuándo se conocieron, a dónde o por qué, pero aun así, no le dio importancia cuando se quedó mirando el cielo casi oscuro, amenazando que llovería dentro de muy poco.

—Hey Killian, ¿quieres que hagamos hoy "Satoru-kun"? —El aroma a flores tropicales inundaron las fosas nasales del rubio, la melodiosa voz de Cassiopeia retumbaron sus oídos y cuando giró lentamente la mirada hacia la muchacha, mostró indiferencia al ver su radiante sonrisa.

Sabía a la perfección que nunca se acabaría acostumbrando a la mucha diferencia que los separaba. Él era demasiado serio, cínico, indolente, pero aunque no pareciera, era un chico sarcástico y sádico mientras que Cassiopeia era inocente, aunque eso no significara que fuera ingenua, extravagante con un toque de misterio en su personalidad y había algo oscuro que escondían detrás de aquellos relucientes ojos verdes que aun no había logrado descubrir.

El rubio no contestó a su pregunta y desvió sus ojos hacia la ventana, ya empapada por la lluvia mientras que omitía las palabras de la pelirroja y escuchaba el repiqueteo de las gotas chocarse con violencia en el cristal. Recordó entonces que hoy era jueves; los días en que debía asistir al despacho de su psicólogo dentro de media hora después de salir de la escuela, pero al tener una excusa perfecta para no ir, se escaquearía. Una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios rosados y suspiró con profundidad. Hoy iba a ser un gran día para cumplir sus propósitos.

—No. —Finalmente contestó de manera tajante a su anterior pregunta sin mirarla, como si no fuera digna que su mirada se posara en sus ojos.

—¿Por qué no?

—No es de tu incumbencia. —Finalizó la conversación con aquellas pocas palabras y cuando escuchó sus pasos alejarse, abrió el cuaderno y escribió dos palabras que nadie, a excepción de él y de sus voces, las llegaría a entender.

"Delirium Drox"

Hoy estaba de humor y debía admitirlo; había planeado que dedicaría su tiempo libre a mimar sus voces y ya de paso a cumplir sus demandas de hace unos días atrás.

Dentro de 10 minutos, Benjamin Craw entrará en la clase y te buscará para desahogar su frustración.

Killian cerró los ojos por un momento y como buen perro obediente que era, asintió mientras que se levantaba tomando su mochila y, con suma tranquilidad, salió del aula con aire de indiferencia. Entrecerró los ojos y siguió caminando por el largo pasillo que se extendía en frente, al cual, lo conduciría a la biblioteca para poder tener un poco de paz o tranquilidad. Tal y como lo había predicho sus voces, Benjamin entró en su clase buscándole y gritando en dónde demonios se encontraba el rubio. Cuando entró en la sala deseada, vio a Cassiopeia intentar tomar un libro que estaba fuera de su alcance, por lo que decidió acudir a su ayuda.

El canto de la Sirena y la lengua de SerpienteDonde viven las historias. Descúbrelo ahora