Christopher Wells nunca pensó que April Jones quien es su mejor amiga, se volvería algo más para él. Luego de su "incidente" su amistad ya no volverá ser igual ¿o sí?
Melanie Wells nunca pensó que aquel chico quien ha sido su compañero de clases po...
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Melanie.
Me vestí minutos después de salir de la ducha. Esta vez elegí unos jeans blancos ajustados y una blusa del mismo color, con los hombros descubiertos. Me sequé el cabello con cuidado, lo cepillé hasta que quedó liso y brillante, y, antes de salir de mi habitación, me detuve frente al espejo para ponerme un poco de brillo en los labios.
—Nunca te pones brillo... —murmuré para mí, arqueando una ceja ante mi propio reflejo.
Es porque quiero verme linda para Jared.
Christopher había prometido llevarme al cine con sus dos mejores amigos después de clases. Y aunque intentaba convencerme de que no era para tanto, sabía perfectamente que sí lo era.
Respiré hondo.
Creo que me veo bien.
Cuando bajé a la cocina, encontré a papá y a Christopher riendo. Mi hermano le contaba algo sobre la universidad, gesticulando exageradamente mientras papá negaba con la cabeza, divertido.
—¿Y mamá? —pregunté, mirando alrededor al no verla. Mamá jamás faltaba al desayuno; para ella, lo más importante era que estuviéramos los cuatro juntos al menos una vez al día.
Christopher dejó de hablar y sus ojos se posaron en mí. Alzó ambas cejas lentamente, recorriéndome de arriba abajo. Supe exactamente lo que iba a decir incluso antes de que abriera la boca.
—¿Vas al instituto o a una agencia de modelaje?
Rodé los ojos y le hice un gesto obsceno con la mano.
—Melanie Wells —advirtió papá con tono firme—. ¿Qué es eso de levantarle el dedo a tu hermano?
Christopher soltó una carcajada y se puso de pie, aún masticando su diversión.
—Eh, no molestes a tu hermana —se encogió de hombros mi hermano mayor—. Además, te ves preciosa, princesa.
No pude evitar sonreír.
—¿Quieres que te lleve al instituto? —preguntó, tomando una manzana del frutero.
Papá también se levantó, y entonces noté que llevaba la corbata suelta, sin el nudo hecho.
Ay, papá... ¿Qué harías sin mamá?
—No, puedo ir sola esta vez —respondí, acercándome a él—. Ven, déjame ayudarte con eso. Supongo que mamá tuvo que salir temprano.
—La llamaron de la fundación para menores —explicó papá, inclinándose un poco para que alcanzara mejor la corbata—. Ya sabes cómo es cuando la necesitan.
Asentí. Estaba acostumbrada a hacerle el nudo. De pequeña me quedaba observando a mamá mientras lo hacía, hasta que un día me enseñó. Practiqué durante semanas con una vieja corbata de mi abuelo hasta que me salió perfecto.