Christopher Wells nunca pensó que April Jones quien es su mejor amiga, se volvería algo más para él. Luego de su "incidente" su amistad ya no volverá ser igual ¿o sí?
Melanie Wells nunca pensó que aquel chico quien ha sido su compañero de clases po...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Christopher.
Mordí la mano del hombre alto y robusto que me tenía atrapado entre sus brazos. Sentí el sabor metálico de su piel, su gruñido de dolor, y en cuanto me soltó eché a correr sin mirar atrás. Mis pies golpeaban el suelo húmedo, resbaladizo, como si corriera dentro de un túnel interminable. El aire era denso, difícil de respirar.
Por un segundo —solo uno— creí que podría escapar.
Entonces el disparo.
El estruendo partió el aire y me atravesó el pecho. Jonathan había disparado al cielo, pero el eco rebotó en las paredes como si la bala hubiese rozado mi cabeza. Me detuve en seco. Las lágrimas comenzaron a nublarme la vista antes de que pudiera impedirlo.
Su mano se cerró en mi brazo.
Dolió.
Me arrastró por el suelo áspero, entre tuberías oxidadas que goteaban agua sucia. El olor a metal y humedad me llenó la nariz. Intenté soltarme, pero su fuerza era demasiado grande.
Quiero a mi mamá...
Quiero a mi papá...
—Has sido un mal niño.
Su voz sonó distinta. Grave. Lejana. Como si viniera desde el fondo de un pozo.
Lo miré a los ojos. No encontré nada ahí. Ningún rastro del hombre que decía quererme como a un hijo.
El primer golpe me hizo ver luces blancas.
El segundo me dejó sin aire.
El tercero apenas lo sentí.
—Nadie podrá salvarte, niño.
Mi papá iba a salvarme. Siempre lo hacía. Siempre llegaba.
Miré al frente y el mundo se volvió todavía más oscuro.
Mi perrito.
Estaba ahí... o lo que quedaba de él. Inmóvil. Destrozado. La imagen se me clavó en la garganta. Sentí el estómago revolverse y vomité sobre mis propios pantalones, temblando.
Papá...
¡Papá, ayúdame!
No quiero estar aquí. No quiero...
—Hey, Christopher.
Abrí los ojos de golpe.
El techo. El sofá. La televisión encendida. Todo volvió demasiado rápido. Me incorporé bruscamente, con el corazón golpeándome las costillas como si aún estuviera corriendo. Mi respiración era corta, desordenada. Tenía las manos empapadas de sudor.