Recuerdos

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Hacía calor. Ni el aire acondicionado en su máxima potencia lograba reducir la temperatura en el interior del auto.

Tamborileaba con los dedos el volante, a la espera del cambio de luces en el semáforo. Se masajeó la frente: el ruido del claxon de los automóviles la irritaban; "Como si eso fuese a cambiar el maldito color" pensaba. Sentía cómo el sudor resbalaba de sus mejillas para caer en sus hombros. Se limpió con el dorso de la mano y la volvió a poner sobre el volante, chasqueando la lengua.

Definitivamente odiaba el verano.

— ¡Al fin! — dijo Sakura emocionada: el semáforo anunciaba el siga.

Mientras esperaba a que los autos que se encontraban en frente de ella avanzaran, cambió de velocidad. Unos metros más y entroncaría a la autopista olvidándose del tráfico y del odioso sonido del claxon.

Apagó el aire acondicionado y abrió las ventanillas en un vano intento por aligerar el ambiente, aunque le molestaba a sobremanera el ruido que éste hacía al colarse por las ventanas cuando la velocidad del auto iba más allá de los 60 km/hr.

Encendió la radio con un volumen bajo, miró el espejo retrovisor con la esperanza de ver a la niña que iba en el asiento trasero pero no visualizó nada. Seguramente se habría acurrucado en la parte inferior del asiento. A Sakura le molestaba mucho que hiciera eso. Suspiró, no tenía ganas de lidiar con su malhumor, mucho menos cuando la temperatura amenazaba con alcanzar los 40°C. Cuando a la niña se le metía algo en la cabeza, era difícil desprendérselo. Aquello que había llamado su atención, para terror de Sakura, era nada más y nada menos que la inexistente presencia de su progenitor.

Todo comenzó debido al festival "Padres e hijos" que organizó la escuela de su hija. Había llamado la atención de sus compañeros el hecho de que su madre, y no su padre, se presentara con ella, sembrando en Sarada la semilla de aquella pregunta por demás infernal: "¿Por qué no tengo papá?"

De no haber sido por eso, ellas seguirían como siempre: solas. Sin preguntas con respecto a una paternidad que no sabía muy bien cómo explicar debido a la forma en la que sucedieron las cosas.

Solas. Como desde aquel momento en el que se enteró que ella estaba por llegar al mundo y su vida dio un giro radical.

Cuando sus padres la echaron de casa, Sakura no tuvo otra opción más que acudir a Ino. No llevaba nada con ella, solo lo que traía puesto. Había tenido que aceptar ropa prestada de Ino; así como también, dinero, muy a su pesar.

Tenía la idea de conseguir un empleo; pero para eso, necesitaba entregar documentación especial. Misma que se encontraba guardada en un folder exclusivo, en su habitación. En casa.

— Tienes que volver.— le había dicho Ino.

— Claro, porque mis padres me dejarán entrar como si nada hubiese pasado, tomar mis cosas y después, darme la bendición.— dijo Sakura con sarcasmo. Ino volteó los ojos.

— Sí, eso lo sé; pero...

— Ya sé.— interrumpió Sakura. —Pero... ¿Cómo?

Pensó un momento, tratando de encontrar alguna manera de entrar a casa sin ser descubierta. Entre las dos reinó el silencio mientras observaban la ventana.

— ¡Ya sé! — dijo Sakura de pronto, sobresaltando a Ino. — Mi madre suele ir todos los miércoles a tomar un café con sus amigas en el centro de la ciudad. Quizá podamos inmiscuirnos ese día.

— Pero ¿crees que con todo lo que ha pasado tu madre se atreva a ir? Digo, su única hija le ha dicho que será abuela... no es algo muy... — Ino hizo una pausa, tratando de encontrar una palabra adecuada — Grato.— soltó al fin.

Otra oportunidadDonde viven las historias. Descúbrelo ahora