¡Otra vez tú!

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El sonido de sus tacones, aunado al bullicio citadino, resonaba a lo largo de la calle. Iba muy tarde para su trabajo. Últimamente había tenido problemas para conciliar el sueño durante la noche; debido a esto, el cansancio acumulado de noches y noches en vela se veía reflejado en una incapacidad para escuchar el sonido de su reloj, despertándose más allá de la hora en la que debía estar preparando el almuerzo para su hija.

Corría con mucho cuidado de no romper los delicados tacones que calzaba. Maldijo por lo bajo cuando trastabilló con una irregularidad del asfalto. En su trabajo, era obligatorio el uso de uniforme además de unos elegantes zapatos de diez centímetros de alto que le dejaban los pies adoloridos e hinchados al final del día. No importaban las lesiones que éstos le ocasionaran a su cadera, ella tenía que verse a la altura de las personas que acudían como clientes a la tienda.

Sakura guió sus nerviosos ojos esmeralda a su reloj de muñeca. Éstos se abrieron con sorpresa al percatarse que sólo tenía diez minutos para llegar. Rechazó por completo la idea de seguir corriendo hasta llegar al local y se detuvo al tiempo que llegaba a una parada de autobús. Cruzó los brazos sobre su pecho mientras tamborileaba con su pie el suelo, nerviosa. No debía llegar tarde.

Colocó una mano sobre un anuncio que se encontraba a su lado como una manera de relajarse. Suspiró tan profundamente que las personas que se encontraban a su lado, la miraron con curiosidad. Sakura pasó de ellos rotundamente. Algunos años atrás, aquello le hubiera provocado un sonrojo súbito y violento.

Hace mucho tiempo que le dejó de importar lo que la gente pensara de ella.

Sakura había cambiado mucho. Sin embargo, había pequeñas islas en su personalidad que aún conservaban la esencia que poseía cinco años atrás. Uno de aquellos rasgos era el orgullo, quien se había pegado a sus huesos sin posibilidad de extraerse. No le gustaba mostrar debilidad frente a nadie, ni siquiera frente a sus amigos. El día cuando sostuvo a su hija en sus brazos por primera vez, grabó con fuego en su mente: " Tienes que ser fuerte".

Sakura, desde pequeña, se encontraba rodeada de una muralla donde escondía su verdadero ser; sus anhelos y penas. Un lugar al cual no había accedido nadie; aunque, de vez en cuando dejaba que alguno de sus amigos echara un leve vistazo, tan rápido y fugaz que no alcanzaban a comprender muchas cosas que rodeaban al ser llamado Sakura Haruno. Cuando Sarada nació, aquella muralla se fortaleció, dejando de lado todo aquello que podría causarle dolor. Todo por el bien de su amada hija. A Sakura dejaron de importarle sus problemas personales, situándose en el papel de madre a tiempo completo. Sakura, la mujer, la que de antaño tenía metas y sueños profesionales y amorosos, dejó de existir.

Sakura Haruno era madre de Sarada Haruno y eso era lo único que le importaba... Hasta ese día.

Sakura sintió un escalofrío violento recorrer su cuerpo. Se abrazó a si misma tratando de controlar los espasmos musculares que la dominaban. El sólo hecho de pensar en su nombre la hacía temblar.

Él. ¡Él era la causa de todos sus recientes problemas físicos! ¡De su insomnio, sus dolores de cabeza vespertinos y su malhumor en las mañanas! Sakura bufó.

Ese día lo recordaba con demasiada exactitud. Más que el suceso en específico, lo que tenía en su mente día y noche era a "él". La forma de su rostro (que se había vuelto cuadrado) su cabello (largo, cubriendo parcialmente el lado izquierdo de su rostro), su piel (ligeramente bronceada) y sobre todo, su voz. Su magnífica voz grave llena de pedantería y frialdad tal como la recordaba. Todo esto fue un golpe directo en los recuerdos que la invadieron de nostalgia. Un golpe vehemente que rompió de una sola vez su coraza, dejando al descubierto cosas que creía había olvidado años atrás. Su deseo de ser amada por un hombre perfecto... Cosas que parecían habían salido de la película más melosa de Disney.

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