Terceras oportunidades

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Sebastián caminaba saliendo del trabajo, su ruta estaba obligatoriamente marcada debido a que era el único camino que lo conducía a casa, además de que vivía demasiado cerca de su lugar de trabajo como para usar algún otro tipo de transporte.

Mientras caminaba por la acera, sin llevar ninguna prisa en especial, solo disfrutando del agradable clima que la ciudad había decidido ofrecer esa noche, escuchó a sus espaldas, unos pasos que comenzaban a volverse insistentes, indicando que se acercaban peligrosamente hasta él. Miró discretamente por sobre su hombro y se topó con una figura que lo seguía de cerca; a pesar de que en automático su cerebro lanzó una señal de alerta que se reflejó en una súbita aceleración de los latidos de su corazón y una incómoda sudoración que coronaba su frente; cambió de manera abrupta su curso, intentando resguardarse en el primer callejón con el que se encontró en su camino, pensando que tal vez estaba siendo algo paranoico, que el sujeto continuaría su camino por la acera principal; después de todo, no podía ser el único que podía caminar por aquel lugar y a aquellas horas.

Pero para su mala fortuna, todos sus miedos en ese momento se cumplieron. Cuando se adentró en aquel húmedo y oscuro lugar, en el que no era difícil sentir la presencia de las pequeñas ratas que transitaban la zona, además de un fuerte olor que obligaba a salir huyendo de allí, se percató que el sujeto continuaba con su desesperante persecución; el corazón casi se le bota del pecho en cuanto se encontró con un enorme muro de ladrillos rojizos que se elevaba dos metros desde el suelo, revelando que no tendría salida fácil. Giró para enfrentar a su acosador y se topó con una siniestra silueta que lo miraba detenidamente; la luz de uno de los faros de la calle proyectaba su sombra hasta los pies de Sebastián, quien se sentía en presencia del mismísimo demonio.

—¿Quién rayos eres?, déjame en paz —Ordenó, tomando de su ser el poco valor que en ese momento podía usar.

Sin esperar una respuesta o a que aquel extraño sujeto intentara hacerle daño, Sebastián se dio vuelta sin pensarlo, flexionó ligeramente sus piernas y al volver a estirarlas elevó su cuerpo por el aire. Mientras un manto de aire frío lo envolvía con forme ganaba altura, miró hacia abajo como el sujeto mantenía serenidad en su rostro; por un momento se sintió a salvo, su corazón se relajó y su nerviosismo disminuyó; pero de pronto, vio como de los ojos de aquel sujeto, salía una poderosa luz azulada, que se propagó rápidamente por el aire hasta golpearle, haciéndole perder el control y finalmente caer.

Mientras se dirigía hacia un doloroso impacto contra el suelo, sintió una ráfaga de viento que azotó su cuerpo, segundos después se percató de que se había detenido a centímetros de impactar el rostro de lleno contra el concreto; levantó la vista y se topó con aquel misterioso sujeto que lo había atacado, pero ahora lo sostenía entre sus brazos casi sin esfuerzo.

—Muerto no me sirves —Ladeó una sonrisa, para después poner su mano sobre la frente de Sebastián.

No tardó mucho para sentir que con ese simple contacto, estaba perdiendo las fuerzas, su cuerpo comenzaba a dejar de responder; en un último impulso de adrenalina por sobrevivir, empujó con todo su cuerpo al chico de la sudadera roja y lanzó su cuerpo en el aire lejos del mismo; cuando estuvo allí comenzó a volar torpemente, tambaleándose con forme ganaba altura y velocidad; debía salir de la vista del chico o este volvería a encestarle un golpe con su láser.

Estando en el aire su cuerpo comenzó a recuperarse con la misma lentitud que había sentido que la vida se le colaba del cuerpo; el chico desde tierra continuaba disparando con insistencia, pero no volvió a atinar un sólo tiro. Decidió no abandonar las alturas hasta que no hubieran rastros del joven y hasta que se pudiera sentir a salvo.

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