Una noche en el castillo

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No he tenido mucho tiempo estos días y soy consciente de que lo entrego unas horas fueras de plazo. No me importa si no queda admitido pero lo tenía a medias y quería compartirlo. Es la primera vez que escribo fantasía en mi vida. He querido hacer una metáfora sobre el paso de la vida, las guerras y el tiempo. Espero que os guste, supongo que tendré miles de fallos...

Una de aquellas noches plateadas donde la sonrisa de la Luna se reflejaba en el Sol, nos contó Rúh'Kah, el sabio señor del Tiempo, que allí donde las piedras lloraban se oía el canto de un ruiseñor. Como ella era, la Bella entre las bellas, no pudieron los dioses elegir un nombre más tierno que el de Eleanor. De piel pálida y ojos profundos, su mirada cálida arropaba a la primavera; de su cabello nacían trenzas de oro y era adornado con todo tipo de tocados preciosos. Incluso Rúh'Kah nos contó que no había joya en este mundo digna de una hermosura tan apolínea como era la de Eleanor.

Uno de nosotros, un enano orondo y simplón, se atrevió a decir que él, fiero guerrero, la encontraría y la haría su esposa: ¡A ella! ¡A Eleanor! ¡A la mujer más hermosa! Las risas no tardaron en extenderse en el fuego bárbaro que, como una sutil y astuta alimaña, se alimentaba de nuestras palabras perdidas y nuestro aliento agrio de viajeros borrachos. Después Mafussa, a quién todos considerábamos un viejo de mundo, un mago y un soñador; calló nuestras voces aciduladas con un golpe seco a las llamas que levantó chispas, quejas y alguna que otra maraña de gruñidos y otros sonidos que no expresaban nada. Nos habló de una bruja, una caminante negra que ataviaba un manto de sombras oscuras. Nos dijo que ella tenía en su posesión un hechizo tan poderoso que despertaría a Eleanor de su largo reposo. Rúh'Kah palideció y nos cubrió de amenazas: «Escuchad atentamente estas palabras: alejaos de las brujas y de sus voces de sirena. Alejaos de la magia oscura y de todo aquello que escape de vuestra comprensión y distancie a vuestro corazón de la cordura. Y, sobre todo, alejad vuestros pensamientos lascivos de Eleanor; pues ella es madre, hija y hermana; ella es mortal y diosa; ella trae paz y guerra. Así que dejadla descansar y que nadie se atreva a ni siquiera nombrarla de nuevo en mi presencia».

El manto lívido de las estrellas nos cubrió de ensoñaciones oníricas y aquella noche todos dormimos sin lecho ni descanso, con los ojos abiertos pensando en cómo serían los cantos de sirena. Lubelle, cuyos ojos garzos amansaron en plena guerra nuestras almas fieras, miraba el fuego pensando en que si no sería más fácil esperar a la primavera. Ella, pese a su juventud e inexperiencia, poseía una mente abierta y sosegada, digna de una gran estratega. No hablaba demasiado y el silencio atormentaba sus penas, pero pese a ello seguía a nuestro lado buscando una respuesta a preguntas que ni el más sabio de nosotros sabía cómo responderlas.

A la mañana siguiente nos despertó una voz conocida, aporreándonos con su bastón anciano y su sonrisa pícara. «Dejad las fábulas y pasemos a la acción. ¿Quién no está harto de huir de aquellas tierras que nos despreciaron? ¿Por qué seguís escuchando a ese viejo oráculo? ¿Acaso no veis que sólo os envenena la cabeza con cuentos y leyendas? Cada noche nos sentamos al lado de un fuego que no arde y nos imaginamos historias que no nos llevan a ninguna parte. Guerrero, tú quieres una esposa; paladín, tú buscas una venganza; y sacerdotisa, aún sigues buscando una respuesta. Allí, en algún lugar lejos de estas tierras baldías nos espera el honor y la gloria que nos fueron arrebatadas por esa escoria con la que fantaseáis. Yo digo, decid sí a la magia oscura. Encontremos a la bruja y usemos a las criaturas negras como arma para arrebatarle al enemigo a su joya más preciada. Matemos pues, al alma inmortal de Eleanor; su madre, su hija y su hermana». Y así, Mafussa inundó nuestros corazones de cólera y exaltó nuestro espíritu guerrero, ya enterrado en el pasado de una vida que posteriormente nos trajo calma, techo y alimento gracias a la bondad de aquel anciano que todo lo sabe, Rúh'Kah, autodenominado señor del Tiempo.

Nos costó decidir una despedida, pues Rúh'Kah había vivido muchos años y lo único que lo mantenía con vida eran aquellos relatos sobre tiempos en los que ni siquiera el Tiempo existía. Nos contó una vez que había una maldición que pesaba sobre sus hombros: «Aquel día que la soledad llame dos veces a mi puerta moriré puesto que soy un ser sin alma y me persiguen los Eternos: la Muerte, la Guerra y el que de mí jamás se olvida: el Tiempo». Ninguno de nosotros supo jamás a qué se refería pues eran para nosotros las almas algo implícito en el cuerpo de los mortales. Pero conocíamos a los Eternos y los temíamos, al igual que Rúh'Kah, así que sus palabras absorbieron nuestras mentes y nuestros recuerdos a medida que avanzábamos por aquel claro muerto.

Mafussa, viendo nuestros rostros consternados y llenos de angustia y pena, nos contó de nuevo historias acerca del gran poder que nos otorgaría la magia negra. Así que, con nuestro cerebro envenenado por sus palabras edulcoradas caminamos durante días, semanas y años en busca de la leyenda personificada. «¿Y cuándo llegaremos?», preguntaba el enano guerrero pues estaba cansado de envejecer únicamente caminando. «Cuando ella decida que somos dignos de su presencia», respondía Mafussa un poco angustiado pues sus palabras se perdían en la brisa y en recuerdos pasados. Pero entonces, como si se tratase de un milagro, apareció frente a nosotros una anciana cubierta de un manto de plumas negras que ocultaba su rostro agachando la cabeza. Portaba la vieja una balanza y una calavera, y su siniestra sonrisa nos envolvía entre sombras, pesadillas y otras cosas oscuras que no lográbamos entender. «La guerra ya terminó. ¿Qué venís a buscar, exiliados? Os llevo observando mucho tiempo. Sé que habéis asesinado al señor del Tiempo y ahora, os hacéis viejos. ¿Por qué buscáis un poder que no podréis controlar? ¿Por qué deseáis matar a un dios? Los mortales tenéis unas aspiraciones muy altas» Mafussa, orgulloso, fue el primero en alzar la voz. Los demás nos quedamos agazapados pues temíamos enfrentarnos a un ser eterno, a un devorador de almas, a un cazador. «Familia, venganza, respuestas... y poder». La anciana se vio complacida ante aquella respuesta, volvió a sonreír con su sonrisa siniestra y colocó la calavera en la balanza, llamando a la magia negra y a los hechizos prohibidos para transportarnos a un mundo lejos de lo terrenal, a un castillo en el paraíso. Cuando lo pisamos ninguno de nosotros lo creímos realidad pues hasta nosotros mismos parecíamos ensoñaciones quiméricas en un mundo falaz.

Cuando avanzamos en nuestro sueño, nos vimos cubiertos por una lluvia de pétalos de rosa y varias criaturas fantásticas se aparecieron frente a nosotros poniendo en duda nuestra cordura. Pero a cada paso que dábamos el tiempo avanzaba y la noche no tardó en llegar en un manto de lunas y estrellas doradas que lloraban oro y plata. Decidimos acampar en una llanura floral llena de aquilegias, crisantemos y dalias. No podíamos dormir pues no teníamos sueño, éramos mortales visitando lo onírico e irreal. ¿Qué sentido tenía pues... soñar?

Como no podíamos descansar decidimos adentrarnos en el castillo. Todo estaba en silencio, todo estaba dormido. En lo más alto de su torre se oía el canto de los ruiseñores y una voz suave nos invitaba a subir por escaleras que flotaban gracias a las alas de un millar de hadas. Entonces llegamos y en una cuna de oro y algodón descansaba la inmortal, la bella y pequeña Eleanor. A su alrededor varios espejos mostraban el paso de las estaciones, la paz y la vida. El resto de mortales descansaban de una guerra cruenta y sanguinaria, al igual que lo hacía Eleanor, la madre de todo, la hija y la hermana. En uno de los espejos vimos a Rúh'Kah hablando con el Tiempo, quién asesinaba sin piedad a todo lo vivo y renacía a todo lo muerto. «Los mortales te necesitan, oh, gran Eterno. Tus hermanos ya los han atormentado demasiado y ahora te necesitan, gran sabio, a ti, al Tiempo. Resucita a tu hija y que duerma. La gente necesita paz. Por favor te ruego, detén a los Eternos».

Todos menos Mafussa comenzamos a llorar y dejamos que el tiempo pasara para poder morir en paz. No queríamos despertarla pues la sangre correría, pero Rúh'Kah había muerto y la anciana del manto negro quería cobrar alguna vida por usar el poder de lo Eterno. Así que todos decidimos entregar al viejo mago quién consumido por sus ansias de poder hizo llorar a la niña durante unos segundos que se transformaron en muerte. Algunos espejos se rompieron y las flores se marchitaron. Por lo que cuando la anciana vino a recogernos estaba complacida. Que no digan que la Muerte no sabe de engaños.

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