Mientras Angélica andaba por el campo no podía dejar de pensar en la noche anterior, en todo lo que había ocurrido en tan pocas horas. No podía creerse que después de tanto tiempo esperando para ese maravilloso día todo saliera al contrario de cómo lo esperaba.
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(El día anterior por la mañana)
― Buenos días a todos, soy Armando Herrera ― dijo el profesor mientras ingresaba en el aula ― Espero que las vacaciones os hayan ido muy bien ― forzó una sonrisa y soltó ― pero ya no son vacaciones, así que espero que empecéis a poneros las pilas, porque esto es la universidad. Aquí ya se ha acabado lo de iros detrás todo el santo día para que hagáis la faena, estudiéis,… Esto es un gran paso para todos vosotros, donde demostráis que ya sois adultos. Así pues, buena suerte a todos durante estos años.
Cuando el profesor acabó de hablar se empezaron a oír murmullos por toda el aula; murmullos de enfado, de tristeza, de arrepentimiento, y algún que otro de alegría.
Justo en ese preciso momento llamaron a la puerta. Con paso firme entró un chico, más o menos de la misma edad que los presentes. Iba vestido con unos vaqueros negros ajustados, unas zapatillas deportivas de un color azul oscuro y una chaqueta de piel negra abierta que dejaba a la vista una camisa de cuadros rojos, negros y azules que se ajustaba perfectamente a su torso.
Cuando el “chico nuevo” entró, el profesor se lo quedó mirando con cara de pocos amigos. Era normal, no hacía más de dos minutos que acababa de dar ese maravilloso discurso donde dejaba claro que al entrar en la universidad se debía ser responsable, y justo entraba este chico demostrando lo contrario a lo que él acababa de decir.
- Buenos días ― saludó el profesor sin mucho ánimo ― ¿está usted matriculado en esta asignatura?
- Eso creo ― dijo el chico con desgana
- Bueno, da igual, siéntese donde quiera y luego ya hablamos, así que espérese al salir ― le dijo el Sr. Herrera antes de empezar la clase.
El chico “nuevo” miró a la clase buscando un sitio libre cuando de repente su mirada se cruzó con la de Angélica quién desde que había entrado no le había quitado el ojo de encima. En ese instante, el chico se dirigió al sitio libro que tenía la chica a su lado.
Cuando terminó la clase Angélica no pudo aguantar más y se fue hacía su casa. Al llegar a su habitación sacó la libreta y el estuche para pasar apuntes a limpio y así despejar un poco su mente, pero al ir a abrir la libreta encontró una nota escrita a mano. Al principio le vino a la cabeza que podía ser de “él” pero, no podía ser, no la recordaba. ¿O tal vez si? Sin más dilación decidió abrir la nota, en ella encontró escrito:
Preciosa, ¿me recuerdas? Yo a ti sí. No he podido olvidarte en estos años, igual que tampoco he podido olvidar nuestra promesa de reencontrarnos en la universidad. Te espero a las 23h en dónde la última vez.
Cuando acabó de leer la nota sus manos no dejaban de temblar, la recordaba, recordaba la promesa, y lo más importante la había cumplido. ¿Cumpliría la segunda parte? ¿Continuaría siendo igual cómo lo recordaba?
