-¡Vamos, Mara, baja de una vez, tenemos que irnos ya! -Decía Daniela resoplando, como de costumbre.
Mara observaba todo su alrededor desde la ventana de su habitación. Todo se veía muy pequeño: Las personas parecían hormigas, los coches de juguete,... Realmente no se distinguía mucho, solamente un montón de edificios grises, que tapaban todos los días el resplandor del sol. Los árboles estaban secos, y las hojas sobrevolaban frente a todas las ventanas de los demás edificios.
Sus amigos jugaban afuera, en el parque que estaba al lado del quiosco. Mara iba todos los días a ese parque con sus amigos, y se lo pasaban muy bien. Hacían castillos de arena, bajaban por el tobogán y escalaban por la tela de araña. Lo mismo, siempre en el mismo orden. La señora del quiosco, Adelina, ya le regalaba chuches porque sabía que su padre, al marcharse del parque, le compraría un periódico, tabaco y una revista de arte para su mujer.
La mamá de Mara, Daniela, era pintora. Solía recrear imágenes de animales, naturaleza y paisajes, pero hacía tiempo que había perdido la inspiración. Esa era una de las razones por las cuales volvían al pueblo. Estaba muy apenada por ello, porque todo ese colorido bucólico fue el pilar de su infancia, su adolescencia y su felicidad. Para ella la naturaleza lo era todo; era su esencia. Era lo que le había enseñado a valorar la vida, las personas y los animales por encima de las cosas materiales. Lo que le había enseñado que el amor era más importante que el dinero, lo que le había enseñado a amar todo lo que tenía, y no ansiar lo que no podía tener. A valorar lo natural por encima de lo superficial. A poner lo esencial por encima de lo superfluo. Porque al fin y al cabo la vida acababa funcionando así, antes o después.
Sin embargo, para Hugo era distinto. A pesar de haberse criado en el mismo lugar que su mujer, aborrecía la naturaleza, los árboles, los ríos, los animales; motivo por el que Mara nunca pudo disfrutar de la compañía de un pececito, perrito, gatito... Hugo le dejó muy claro desde el primer momento que eso no podía ser. Daniela jamás entendió ese odio tan arraigado, si vivieron juntos, en el mismo sitio, en el mismo pueblo. No entendía como alguien que era tan feliz, tan activo, y tan lleno de luz acabara tan oscurecido; desde luego el trabajo tenía algo que ver. Pasaba demasiadas horas frente a la pantalla, en la oficina, con demasiados papeleos y escasa imaginación. Ella tenía claro que acabaría por distanciarse del todo, por eso, en cierto modo, agradecía que Hugo hubiese perdido su trabajo. Hacía tiempo que discutían, no se ponían de acuerdo y las cosas no funcionaban. Hacía tiempo que no se abrazaban, no se besaban del mismo modo. Hasta habían aplazado la búsqueda del segundo hijo. No estaban seguros de que las cosas fueran bien. Él perdía el trabajo, y era muy triste, pero ella podría (con suerte) recuperar su relación.
Mara nunca tuvo miedo a las alturas, pero hoy sí. Todo se movía mucho más rápido que de costumbre, y hacía mucho más ruido. El claxon de cada coche, cada grito, ruido, destello, brisa. Hoy nada parecía pasar desapercibido para ella. Quería recordarlo todo antes de irse, para no olvidarse de todo aquello, lo que hasta ahora fue toda su vida. Jamás se había mudado, con lo que su vida transcurría en la misma casa, el mismo colegio, el mismo quiosco, los mismos amigos. Todo había sido siempre igual.
Eso a Mara le relajaba, porque todo cambio la alteraba: Nuevos horarios, nuevos amigos, nuevas rutinas... Todo lo que cambiara su entorno la trastocaba, tanto que deseaba poner todo como estaba. Sus padres ya daban su caso por perdido, ella era así, y ya está. Era especial, muy exigente con su espacio personal y su vida social, sus costumbres, sus rutinas... Le gustaba ser autómata. Y para sus padres eso ya era normal.
Pero hoy Mara no era una autómata. Mara era un robot sin pilas. Tenía la mirada perdida en el horizonte, no sabía a qué mirar. Lo que antes era vértigo, ansiedad y dolor ahora era la nada: Mara ya no sentía nada. Estaba perdida, angustiada, no sabía que sentir ni qué hacer. Su primer bloqueo mental.
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Mi amiga Lola
General FictionMara es una niña que vive en una ciudad, como la mayoría de los niños. Lo que no sabe es que se va a mudar al pueblo donde crecieron sus padres, un lugar totalmente distinto, sin edificios altos, ni cine, ni centros comerciales... Además tendrá que...