Pasaron los días y mis miedos crecían con cada minuto, a pesar de que ya no lo veía, a pesar de que ya no lo escuchaba. Pero el poder de sus palabras era más poderoso que su imagen. «No me voy más, ¡hombre grande! Por el brillo de la estrella y la luna». Empecé a hablarle a Robertito y, aunque estuviera chiquito y no me entendiera, sus muecas eran para mí suficiente prueba de su atención. Cuando le hablaba, extendía sus manos para que lo cargara. Una vez que lo hacía, me hacía ojitos y sonreía. Hablaba con él, porque era el único que había vivido mi experiencia, de primera mano. Se formó así un lazo impresionante entre los dos y, contra lo que se pueda pensar, creo que Robertito me cuidaba a mí y no al revés. Al fin y al cabo, él siempre estaba sonriente a pesar de que yo, hasta hacía pocos días, tenía la costumbre de dejarlo sin comer. Él me quería a pesar de todo y eso se me clava en el corazón cada día que pasa, ese peso me aplasta ahora que ya no puedo más.
Le puse una sábana negra al espejo de mi cuarto, porque muchas veces creí ver la cara del duende ahí, vigilándome cuando yo me peinaba, invocando al brillo de la estrella y de la luna. Con mi mama no podía hablar aunque quisiera, pues volvía a la casa demasiado tarde y me daba miedo esperarla despierto. Prefería perderme en la protección de los sueños que enfrentar mi horrible realidad. Pasó un mes desde que escuché su voz en el salón de infantes. Todo parecía normal y rutinario. Pero el silencio es tormentoso para el que está maldito.
El día de mi cumpleaños, mi mama pidió permiso en el trabajo y pudo llegar a las siete de la noche. Ese día me compró un pastel y pude invitar a unos amigos de la escuela con quienes compartí unas gaseosas y un arroz a la valenciana que mi mama nos cocinó. Robertito nos acompañó todo el tiempo en su silla infantil. El bandidito sonreía como nunca, como si la fiesta hubiera sido suya. Mis amigos lo integraron a nuestros juegos y, chineado, disfrutó tanto como yo.
Todo iba bien hasta que llegó Pitoco, el payaso enano, un artista famoso de Estelí al que yo le tenía miedo, como a todos los payasos. Su imagen me recordaba mucho la del duende, con esa baja estatura y esa voz tan irritantemente chillona. El payaso iba a hacer algunos juegos y se puso a brincar en un pie, pero mi mama le dijo que mejor se fuera, pues a mí no me gustaba.
Terminamos la fiesta cerca de las diez de la noche. Creía que mi mama ya se había ido a acostar cuando despedí al último de mis amigos. Cerré la puerta con llave como ya me había acostumbrado a hacerlo. Revisé también las ventanas de mi cuarto y verifiqué que el crucifijo estuviera cerca de la cama y que el espejo estuviera cubierto. Hice esto con los ojos cerrados mientras mi mente se turbaba con la imagen del payaso dando brincos en un pie. Cuando me estaba quintado los zapatos para acostarme, un pensamiento se clavó en mi mente, como los clavos en las manos del pobre Cristo que estaba en mi mesita de noche. A pesar de todo, estaba agradecido con mi mama, después de muchos años de odios y resentimientos. Me gustó el tiempo que me regaló el día de mi cumpleaños. Por eso, me levanté descalzo y fui a su cuarto, queriendo agradecerle su gesto. Toqué tres veces, pero nadie me abrió. Abrí la puerta y vi que se había ido de nuevo. Como pidió permiso en el trabajo, tuvo que regresar al turno de la madrugada. A los dueños de la fábrica Marimba Cigars no les importaba la vida de las personas, solo sus números. En la cuna estaba Robertito, durmiendo. Volví a mi cuarto, un tanto decepcionado por no haber podido agradecerle a mi mama. Me senté en la cama y apoyé mi frente en la palma de mis manos, inundado por una repentina tristeza y una inmensa soledad. Quise la compañía de Robertito, mi compañero, para que me ayudara a pasar la noche. Me levanté de nuevo y, cuando iba hacia la puerta de mi cuarto, escuché su llanto y varios golpes. Corrí hacia el cuarto de mi mama y abrí la puerta rápidamente. Entonces lo vi otra vez y esta visión fue mil veces más terrible. Estaba subido en la cuna de Robertito y lo golpeaba salvajemente mientras mi pobre hermanito lloraba y pataleaba en su impotencia. «Cállese, me lo llevo, su merced, me lo llevo allá a mi lugar», le decía el maldito mientras le daba puñetazos en su delicada carita. Con cada golpe, el llanto de Robertito se hacía más desgarrador. Yo estaba parado en la puerta, agarrando la manija, completamente inmóvil por el miedo. Pero el amor por Robertito me hizo hablar, entre llantos de furia. «¡Dejalo ya por el amor de Dios! ¡Él no te ha hecho nada, hombre!».
Mis palabras tuvieron un efecto temporal, pues dejó de golpearlo. Se quedó quieto por unos segundos mientras Robertito seguía llorando. Se dio vuelta lentamente, levantó su cabeza y me atravesó con su mirada y con su voz: «Dios no está aquí, no lo llame, su merced. Y ustedes sí me hicieron algo. Y no soy un hombre. Usted sí, su merced. ¡Usted es el hombre grande que me quiere despojar de lo que es mío!», me dijo con esa voz chillona que tanto me aterraba. «¡Yo soy su dueño!», continuó. Quise moverme para agarrar a Robertito, pero el duende levantó su mano derecha en señal de alto y quedé convertido en una estatua viviente. Con un chasquido de dedos hizo que me elevara unos centímetros del suelo y con un movimiento suave de su mano izquierda hizo que me estrellara contra la pared.
Todo se volvió negro y no supe más de mí o de Robertito. Me desperté en el suelo del patio, frente al pozo; mi cuerpo embarrado de mierda de venado, la que reconocí por el olor. Dentro de mi ropa se movía lo que parecían culebras y sapos. Intenté sacudirme, muriéndome del asco y del miedo, pero no pude porque algo invisible me sujetaba. Mi pelo estaba envuelto en telarañas muy espesas que caían sobre uno de mis ojos y podía sentir a un arácnido muy grande y gordo caminando por mi coronilla, los pelos de sus patas rozando mi cuero cabelludo. Entonces oí un ruido cerca del rosal. Desde las sombras, con pasos lentos, apareció el duende con Robertito entre sus brazos; su cara iluminándose a medias con el brillo de la luna. Estaba sonriendo, gozoso de mi horror. Al verme, mi hermanito empezó a llorar otra vez. Quise moverme, pero era imposible. De un salto, el duende se subió al borde del pozo y movió su mano formando un círculo en el aire con su dedo índice. Con su poder, me tomó de los pies y me sentó en una silla cerca del pozo. Miles de alacranes empezaron a subir por mis piernas. Robertito seguía llorando y su llanto me arrancaba pedazos del corazón. El duende conocía todos mis miedos y esa noche empezó a ser, verdaderamente, mi dueño. Quise orar, pero no podía entrelazar los versos. El duende miró hacia arriba y con el brillo de la luna en sus ojos empezó a flotar sobre la boca del pozo. Robertito me miró. Su carita estaba destrozada por los golpes que le había dado. Sus ojos moraditos, su boca llena de sangre. Pero aun así, me sonrió con el único dientito que le quedaba. Esa sonrisa me dijo muchas cosas, y, hoy, volver a verlo sonreír es lo que más quisiera. Pero no podrá ser, porque ahora soy de él y Robertito ya no está.
