Capítulo Siete

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Final.

Al darme cuenta que era El, salí disparado hacía donde todos corrían. No me importó que haya empujado a gente e inclusive haya tirado. Sólo mi corazón seda a aquélla persona que me había salvado la vida en muchas ocasiones y ahora esa persona me necesitaba para sobrevivir en esté momento.

Llegué a la habitación, los enfermeros entraban y entraban para poder sujetarla, pero no podían y ella seguía gritando. Me quedé paralizado, porque ella estaba distinta, ella era diferente... No era la Eleven que conocía, la pequeña y tierna e inocente se  había ido. De su cabeza y sus manos se le marcaban las venas al igual que en los brazos. Mientras más gritaba, más era la fuerza que ella ponía, era su fuerza como de 20 hombres...

Dí un paso hacía delante, para entrar en aquélla habitación pero un policía me detuvo.

  —Oye niño, tú no puedes entrar aquí.

Lo miré con cierto odio.

—¿Y por qué? Necesito estar a lado de ella, yo soy el único que puede salvarla ¡Por favor, déjeme pasar, por favor!

Insistí.

—Hijo, ya te dijo que no puedes, es muy peligroso.

—Es más peligroso el mundo ¿Y me dice que no puedo entrar a ver a mi amiga? Ella me necesita, como su madre o sus hijos lo necesitan a usted, déjeme pasar, por favor y sí me pasa algo ahí dentro, será por mi voluntad.

El policía  me miró, pensó en mis palabras y eso estaba claro. Pero, pude ver en sus ojos algo más que una mirada normal, pensó en su familia y si estuviera en el mismo caso que yo haría todo porque lo dejen pasar. 

Me cedió el paso.

—Adelante, yo te lo advertí.

Le sonreí al mismo tiempo que una lágrima rodaba por mi mejilla.

—Muchas gracias.

Y me adentré al caos que mi pequeña El había provocado, sin embargo, las cosas habían cambiado en los minutos que convencí al policía de que me deje entrar. Eleven se había puesto peor, mucho peor. Los doctores sudaban y estaban desesperados, me di cuenta que un enfermero llevaba una jeringa, todas las circunstancias se me pasaron por la mente y una de ellas era que querían acabar con ella.

Corrí donde estaba El, interrumpiendo en el camino del enfermero.

—Usted no le va a hacer nada a El.

El enfermero me miró extrañado.

  — ¿Y tú quién eres? Sal de mi camino, niño.

Él se acercaba cada vez más hacía a mí, le solté una patada en los bajos y cayó al suelo al mismo tiempo de retorcerse. Todos me miraron un poco sorprendidos pero más sorprendidos porque tomé de la mano a El.

—¡Que a nadie se le ocurra acercarse a Eleven o saldrá lastimado!

Grité. Mi vista se dirigió a ella que aún seguía gritando y algunos enfermeros le sujetaban todavía. Al sentir mi contacto Eleven, le bajo a su paranoia en ese momento, era tiempo de hablar.

—Sólo aguanta un poco más ¿Sí?. Pronto estaremos en casa. Mi mamá te conseguirá tu propia cama, y comerás todos los waffles que quieras.

Ella se calmó por completo, paró de gritar y de golear a los demás. Tan sólo se escuchaba su respiración agitada.

—Y... Podremos  ir al baile de invierno.

Todos se quedaron impactados ante lo que había hecho, era claro que se habían equivocado en que yo no podía hacer nada pero lo había hecho todo, les había salvado el pellejo. Un doctor se acercó al cardiograma, su semblante cambió por completo, la paz que había reinado en él por unos instante se había marchado.

  —La estamos perdiendo...

Susurró.

Lo miré con insuficiencia in entender lo que sus palabras habían dado a entender.

—¿Perdón?

Me miró directamente a los ojos y me tomó de los hombros.

—La estamos perdiendo, ella se está muriendo, ¡Tenemos que hacer algo!, ¡Richard, prepara el cardioversión!  

 Estaba parado, aún sin entender lo que sucedía, lo único que tenía en claro era que ella se estaba muriendo y traerían aquél aparato eléctrico para salvar su vida. En menos de cinco minutos, él tal Richard venía con el cardioversión preparado, el doctor lo tomo rápidamente y empezó con ello.

Me paré a lado de ella.

La desesperación invadió todo mi cuerpo, no quería que muriera, jamás me lo perdonaría. Ella es mi todo, es mi deber protegerla, ella es mi eggo favorito, ella es la luz de mi día, ella es la razón por la que  no quiero ir a la escuela. Quiero que ella abra la ojos para preguntarle que sí todo está bien para que ella me diga que lo promete.

El cardiograma indicaba que la perdíamos más.

Las lágrimas salían de mis ojos como un cascada.

  —¡Resiste un poco más, El!

Le grité.

—¡No me dejes por favor, El, abre los ojos y dime que estás aquí!

Las lamparas empezaron a parpadear, todos se quedaron atónitos, excepto el doctor que seguía con su deber.

—¡No te vayas!—Cerré los ojos— Sólo te pido que vuelvas, aún no es hora... Ya tan sólo no te pido que me ames, sólo te pido que habrás los ojos.

El cardiograma indicó que ella se había ido.

Todos se alejaron, cerré los ojos, tratando de soportar el terrible dolor que sentía...

Sentí el tacto de una mano tomar la mía, era ella.

  —¿Lo prometes?

Sin palabras y estupefacto hablé sin siquiera saber que lo hacía.

—Lo prometo.

Y en un abrir y cerrar de ojos...

Ella ya no estaba. 

Chasing Cars | MilevenDonde viven las historias. Descúbrelo ahora