Los Ángeles No Lloran

154 10 3
                                    

Todas las noches ocurre lo mismo. ¿Por qué? ¿Qué hicieron ellos? Sé que me merezco esto, pero ¿por qué ellos? ¿Por qué, si son tan buenos? Hice tantas cosas, y me arrepiento, pero sé que no dejaré de hacerlas. En cambio ellos...

Hoy las cosas cambiaron...

Los gritos sobrepasaron las paredes, su llanto infantil, tan desconsolado, me hizo doler el corazón. Y sin embargo, yo me quedé nuevamente encerrada en mi habitación. Y sin embargo, volví a ignorar el dolor de mi familia. O al menos, eso intenté. Quise ignorar ese dolor que me atravesaba, pero ya era demasiado. Mi hermano lloraba, mi madre gritaba, y él nos maltrataba.

Esa mañana me llamaron en el colegio: el psicólogo me contó que al pequeño lo golpeaban. ¿Pero quién? Quise saber. Tu padre. Ese golpe lo aguanté, pero luego regresé a casa. Sus marcas me dolían más a mí que a él. Pero aguanté ese dolor y fingí indiferencia.

Los niños son ángeles.

Los ángeles no lloran.

"Los ángeles no lloran", me repetí mil veces para aguantar el llanto. Los gritos sobrepasaron las paredes de mi habitación y me dolió el corazón. Quise aislarme del mundo para que los problemas no pudieran volver a afectarme. Ya lo habían hecho una vez: tomé mil pastillas, pero no moría. Mis brazos mostraban las marcas de mis uñas que, como garras, rasgaron la piel para poder mitigar el dolor de mi corazón.

Pero sin embargo, no moría, aunque lo deseaba con pasión, con fuerza, y con dolor. Y aún lo deseo. Y así pasó un mes. Los gritos eran cada vez más fuertes, los llantos cada vez más desconsolados. Y yo estaba cada vez más destrozada. "Los ángeles no lloran."

Sabía que pronto iba a explotar en una lluvia de sentimientos acumulados. Sabía que pronto no iba a aguantar esto más. "Los ángeles no lloran. Los ángeles no lloran."

Con rostro indiferente, decidí actuar. No, no quise entrar en el infierno. Esta vez el infierno llegó a mí. Estaba tranquila, indiferente, escribiendo. Él entró enojado, gritando, gritándome. Con rostro indiferente, no dejé que me atemorizara. Con rostro indiferente, le contesté tranquila y en calma. Me arrebató el ordenador de un manotazo, asustándome. Con rostro indiferente, salí de la habitación y fui al cuarto de mi hermano, en donde él lloraba y mi madre lo consolaba. Le eché el cerrojo a la puerta y me senté junto a ellos. Su llanto de niño me rompió nuevamente el corazón. Sólo me quedaba un último pedazo antes de estallar. "Los ángeles no lloran."

Pero él lloraba. Tenía diez años y lloraba. Lloraba por los golpes, por los gritos, por el odio. Mi madre también lloraba. Aunque ella no era niña, era un ángel. "Los ángeles no lloran." Si los ángeles no lloran, ¿por qué ellos lloraban? ¿Por qué él los hacía llorar?

Ella empezó a hablar. Quiso que fuéramos con ella a ese hermoso lugar de sus sueños. Y lo hicimos. Con el rostro inexpresivo, dentro de alguna especie de trance, sentí la primera lágrima recorrer mi rostro. Ese lugar era hermoso. Éramos sólo nosotros tres, con los perros, con los árboles, con la libertad.

Yo soy artista. He pintado mil lugares maravillosos. Conocía el lugar perfecto, nos esperaban. "La Laguna Azul", o "Camino de Alerces y Álamos", eran perfectos. Estaban dentro de mi imaginación, dentro de los cuadros y pinturas, pero estaban allí. Los habitantes de aquellos hermosos lugares nos esperaban en la gran casa a orillas del lago. Aunque allí nunca brilla el sol, es hermoso, verde, un poco frío, pero acogedor. La casa tiene una enorme chimenea. El jardín trasero es enorme, y aunque no tiene los árboles frutales que mi madre desea, podemos plantarlos.

Caja de MuñecasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora