Ulli suspiró. Era la tercera vez en el mes, ¡y ni siquiera terminaba la segunda semana!
Todo había comenzado el mes pasado. Al principio había fingido no darse cuenta, así que pasaba por alto las diversas cosas que no eran de su propiedad estratégicamente ubicadas en su habitación: un cepillo para el cabello y una loción para mujer en su baño, un atrapa-sueños sobre el cabezal de su cama y diversos títulos en su librero habían sido los primeros objetos en irrumpir en su morada. Después habían llegado dos vestidos a su clóset, un tétrico candelabro al buró al lado de su cama y unas botas que definitivamente no eran de su número. ¿Y entonces? Simplemente se limitó a darles un lugar en su habitación, pero ese baúl, que había llegado a su cuarto junto con otro lleno de cachivaches ya era el colmo.
Vaduva le escucharía. Si quería meter algunos artículos estaba bien, pero él no tenía la intención de convertir su habitación en la segunda bodega de ella.
Entró sin esperar respuesta a su habitación. No le sorprendió encontrarla con la nariz entre las hojas de un libro.
—Dárvula —llamó.
La aludida apenas ladeó la cabeza para darle a entender que le escuchaba.
—Apreciaría que dejaras de utilizar mi habitación como almacén.
Ella levantó la mirada de su libro y la fijó en la joven figura que se imponía frente a la puerta.
—No exageres, Ulli, no son tantas —dijo tranquila, restándole importancia.
El menor se acercó y se plantó frente a ella. Dárvula simplemente se limitaba a saborear el momento.
—Insisto. No conviertas mi alcoba en una extensión de la tuya —repitió intentando ser puntual.
Ella sonrió deliciosamente.
—¿Entonces? ¿Dónde se supone que resguarde mis preciados objetos? —interrogó ella con fingida inocencia. Una que seguramente hubiera engañado a cualquier otro humano, pero no a él.
—En otro lugar, pero no en mi espacio personal. Si llevas otro objeto allí lo tiraré por la ventana.
—Ullrich, ¿cómo puedes decir eso? Sabes que sacaría a todos de esta casa antes de desechar alguna de mis reliquias.
—He dicho —finalizó él antes de darse media vuelta y continuar su camino a la habitación propia.
Y entonces, al verlo salir tan decidido por esa puerta Dárvula no pudo evitar sentir cierta ternura y sonreír. Bien, no convertiría la habitación de Ulli en una bodega.
Cuando Ullrich regresó de la boticaria esa misma noche y entró a su habitación no pudo hacer otra cosa sino maldecirse por no haber sido lo suficientemente específico.
—Dijiste que no querías que guardara mis preciados objetos aquí —comenzó Vaduva—, ¡así que me he mudado! Mis reliquias están en mi cuarto y he cambiado para acá mis artículos personales. Vamos Ulli, no te quedes allí. ¡Todavía tengo mucho que acomodar!
Delacroix resopló y sus rizos rojos se desordenaron, sin embargo comenzó a desempacar los perfumes y vestidos de Dárvula. Tomó una prenda más y por un instante agradeció que fuera de noche, pues su cara seguramente estaba tan roja como el color de su cabello.
—¿Qué pasa, Ulli? —preguntó ella. Se acercó a donde él estaba y no pudo evitar reír ante lo que veía—. No me digas que te da pena tomar una de éstas.
Para bien o para mal, él no dijo palabra, aumentando así la diversión de la vampiresa.
—Vamos, no tienes nada de qué avergonzarte. Yo ya he visto tu ropa interior.
Ullrich estaba a punto de cuestionar cuándo y por qué, pero sabía que la respuesta era inútil de todas formas.
—Sólo guarda esto —ordenó Ulli antes de levantarse.
—No tienes nada de qué avergonzarte.
—¡Dárvula!
—No seas así, ¡también te puedo mostrar mis otras panties!
Y eso fue todo. Ulli abrió la puerta y escapó a las cocinas.
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Nuestros Universos
RomanceHistorias cortas acerca de personajes que aun no debutan pero que pronto lo harán. Mientras tanto aquí hay unas cuantas pistas de quiénes son, a qué mundo pertenecen y cuáles son los problemas a los que se enfrentan, entre ellos el amor. Encontrar...
