VIII. Plan de Contingencia.

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Karma despertó gracias al incesante sonido del timbre retumbando por toda la estancia. Se incorporó en la cama sintiéndose desorientado. Le tomó unos minutos aclarar su mente y reconocer la habitación. Sólo entonces recordó en dónde se encontraba y sonrió, después de todo no había sido un sueño. Por fin volvía a estar en Japón, con Nagisa, donde siempre debió estar.

Se frotó los ojos, espantando los restos del sueño que lo invitaban a quedarse dormido nuevamente. Una vez que Nagisa se fue con el idiota ese, Karma entró a su nuevo hogar completamente cansado pero feliz. No estaba seguro si su agotamiento había sido provocado por el viaje o por tener que soportar al imbécil de Masaki Miyazono, pero se sorprendió a sí mismo con un sueño aplastante la noche anterior. Su cuerpo le había parecido muy pesado de repente y moría por acostarse a descansar. Había tomado una ducha antes de derrumbarse sobre la primera cama que halló en su camino y cayó rendido a los brazos de morfeo con una enorme sonrisa en el rostro.

Hacía años que no sonreía así.

Fue una noche sin sueños, técnicamente había caído en coma, durmiendo como roca. Y es que Karma no era de tener el sueño pesado, para nada. Pero esta vez simplemente había quedado noqueado.

Miró la hora en el reloj sobre la mesita de noche, apoyada a un lado de la cama. Eran cerca de las diez de la mañana, había dormido más de doce horas y se sentía horrible.

El timbre seguía y seguí sonando, cosa que extrañó a Karma. ¿Quién podría ser para tocar el timbre con tanta insistencia? ¿Sus padres? Definitivamente no. No podrían ser ellos. Aún era demasiado pronto para que notaran su ausencia. ¿Un conocido? En dicho caso tendría que ser alguien cercano a él, una persona extraña no actuaría de esa forma. Eso sin contar el hecho de que los únicos que sabían de su paradero actual eran Nagisa, Koro y él mismo. Por un segundo pensó en el pequeño peliceleste parado en la puerta de su departamento, tocando el timbre enfuruñado por no recibir respuesta, con los mofletes inflados y muy rojos, las cejas fruncidas y los puñitos apretados. Su corazón dio un vuelco en su pecho, esa imagen mental de Nagisa era en extremo adorable. Inmediatamente alejó ese pensamiento, aquello resultaba tan imposible como absurdo.

Karma se sintió desconcertado, sea quien fuere, no parecía en nada contento. Entonces, una luz se encendió en su cerebro. ¿Quizás aquel hombre...? Era muy posible. Él era el único que quedaba en su muy corta lista de sospechosos y sí, era el único que podía encontrarlo. No obstante, Karma se sorprendió ligeramente de lo rápido que se había dado cuenta de su partida. Era seguro que esa persona estaría echando humo por las orejas y rabiando en la entrada del departamento. Eso lo hizo sonreír.

Se levantó en un grácil movimiento y salió de la habitación encaminándose a la entrada, importándole muy poco que únicamente llevara puesto una camisa blanca y un bóxer gastado.

Sus sospechas se confirmaron al abrir la puerta: un hombre alto y canoso le devolvía la mirada desde la entrada. Hecho una furia, le arrojó cuchillos a su cabeza con sus penetrantes y afilados ojos ambarinos.

-¡Ya era hora que atendieras la bendita puerta! ¿¡Tienes una idea de lo que me has hecho pasar después que desaparecieras así!? -se quejó el hombre mientras entraba al departamento como alma que lleva el diablo.

-¡Hola a ti también, Shin-san! -exclamó Karma sarcásticamente, cerró la puerta y siguió al hombre hasta la sala-. Yo estoy bien, gracias por preguntar.

-¡No te quieras pasar de listo conmigo, Akabane! ¿Crees correcto el haberte ido de esa forma? ¡Algo pudo haberte pasado! ¡Si me hubieses avisado yo habría venido contigo! ¡O por lo menos, pudiste decirme adiós para que sepa que te largabas!

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⏰ Última actualización: Apr 04, 2020 ⏰

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