Capítulo único

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—La verdad es que no entiendo.  ¿Cómo le haces para ser tan genial, guapo, inteligente y gracioso, todo al mismo tiempo? Es como, joder, me gané la ganga contigo.

—Yuri...

—Además de eso, tienes un cuerpo que me hace babear cada vez que lo veo. ¿Sabes cuántas veces me he masturbado pensando en ti? ¡Ja, no podrías ni contarlas!

—Yura...

—Diablos, incluso ahora estoy excitado mientras te veo. ¡Beka, deja de ser endemoniadamente sexy! ¿Estás seguro de ser de este mundo?

Otabek suspiró pesado.

Catorce de febrero, San Valentín. Un día en el que los enamorados pasaban el tiempo juntos, se daban regalos y se hacían miles de promesas que probablemente en unos meses romperían.

Un día en el que los besos y abrazos abundaban, las floristerías harían sus mejores ganancias del año y las tiendas de regalos estarían repletas de personas comprando todo a último minuto.

Era un día genial, pensaba Otabek. Le agradaba ver cómo el mundo salía de su rutina para hundirse en una especie de hechizo de amor. Y bueno, él no era la excepción.

Solo que ese hechizo de amor estaba justo en frente de él, borracho y atiborrándose de los chocolates que le había comprado conforme decía cosas que abochornaría a cualquier persona. Pero a Beka no. Claro, se sentía un poco avergonzado, aunque le divertía más ver a Yuri siendo sincero como nunca antes lo había sido.

Le dio un sorbo a su cerveza. Por fortuna, él era resistente al alcohol. Si no fuera así, serían un par de borrachos con la calentura encima y no estarían precisamente sentados en el sofá de su casa comiendo chocolates.

—Quiero decir, ¿qué tomas, una pastilla para lucir cada maldito día incluso más sexy que el anterior? Porque si es así, dame un poco de esa pastilla.

Soltó una risita. Yuri ya ni sabía qué más decir.

—Pues yo pienso que así estás bien, Yura —comentó, apoyando el antebrazo en el respaldar del sofá, observando a los ojos al chico.

Le seguiría un poco el juego para ver cómo reaccionaba. Esa nueva faceta de Yuri le interesaba bastante.

Yuri bufó un poco y bebió de su lata.

—Por favor, entre los dos, el más ardiente aquí eres tú —replicó Yuri, rodando los ojos.

Otabek ocultó su sonrisa detrás de la lata, tomando un poco más con lentitud, sin despegar la mirada del rostro de Plisetsky.

—Vamos, Yura, si me atrapaste desde la primera vez que te vi en el bar, te veías demasiado sexy con ese pantalón negro ajustándose a tus piernas y aquella camisa blanca deslizándose por tus hombros.

Tragó la cerveza, sintiendo un ardor en la garganta. Sorprendentemente, no se apenó al decir aquello. Tal vez también el alcohol comenzaba a hacerle efecto, estando sobrio no diría ese tipo de cosas.

—¿Ah? ¿Qué diablos dices? Ese día ni siquiera me había bañado, por favor —confesó Yuri, provocando una carcajada en Otabek.

—Estás muy sincero hoy.

—Y tú más bueno.

Volvió a reír, esta vez doblándose sobre su estómago. Aquel Yuri le encantaba. Aunque claro, todos los lados de Yuri le gustaban, desde su lenguaje de camionero —un camionero un poco más decente, eso sí— hasta su aspecto angelical que salía a relucir en ciertas ocasiones.

Sin embargo, ahora mismo su lado diablillo hacía acto de presencia.

—Tú eres más lindo —dijo Otabek, pasando una mano por el muslo de Yuri.

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