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Guardé la nota en el bolsillo delantero de mi pantalón y no le mencioné nada a Khyan, decidí esperar hasta el descanso para reunirnos con Adrie y poder contarle a ambos del repentino detalle que recibí anónimamente.

Me reuní con ellos y les mostré la nota, no dejaban de sacar miles de teorías al respecto y no hice más que escuchar cada una en silencio, analizando quién podría ser el responsable de todo este asunto.

—Tienes una admiradora secreta, te lo digo, hermano —dijo finalmente Khyan mientras masticaba ruidosamente una galleta de nuez.

Adrienna se lo pensó bien antes de hablar y me miró aún pensativa.

—No lo sé, Eithen, podría ser cualquiera. Incluso un hombre —dijo mordisqueando su labio inferior. Eso lo hacía cuando estaba nerviosa o cuando algo le causaba curiosidad.

Suspiré pesadamente.

—Esperaré a la siguiente nota, no tenemos que estar dando de topes con la pared sólo porque recibí una ridícula nota —me encogí de hombros restándole importancia y revolví con una cuchara el pequeño tazón de avena que tenía sobre mi bandeja.

Ni siquiera había terminado mi almuerzo, yacía frente a mí casi intacto. Todo el asunto de la nota y la incertidumbre que me causaba había reducido mi apetito por completo.

Adrie me miró asintiendo, pero la conocía tan bien como para saber que no dejaría el tema por la paz.

—Tal vez yo deba enviarle notas a mi vecina, puede que termine perdidamente enamorada y así no tendría que casarse conmigo a la fuerza —habló Khyan uniéndose de nuevo a la conversación.

Me atraganté con el bocado de manzana que recién había masticado de mala gana y comencé a reír con nerviosismo, tosiendo con fuerza.

Adrie me dio palmadas en la espalda y aclaré mi garganta para hablar.

—¿Insinúas que voy a enamorarme de la chica misteriosa cuyo nombre ni siquiera sé? —cuestioné como si me resultase imposible creer aquella sugerencia.

Khyan hizo una mueca y rodó los ojos.

—Escucha, sólo digo que mantengas la mente tan abierta como tus ojos —respondió guiñando un ojo para seguir comiendo de su almuerzo.

Miré a Adrienna, sostenía un mechón de su cabello y lo retorcía, jugando con él mientras garabateaba algo en un cuaderno pequeño que siempre cargaba con ella.

—¿Qué sugieres tú, Adrie? —pregunté acercándome más a ella para ver los trazos que realizaba sobre el papel.

Ella siempre quería saber todo de todo, trataba de buscarle alguna explicación a cualquier cosa que le atravesara por la mente y siempre estaba en busca de respuestas a tantas incógnitas, aunque dudo que pudiese resolver la mayoría de ellas.

Su mente ha trabajado a mil por hora desde que éramos niños, y encontró una manera de enfocarse, dibujando. Al hacerlo, su mente logra despejarse y así piensa con mayor claridad.

Estaba dibujando un par de manos masculinas, y la verdad es que, aún me sorprendía su talento.

Se tomó un momento para responderme y cuando lo hizo, no despegó la vista de sus trazos.

—No lo sé, si me lo preguntas, me parece un gesto muy lindo y valiente —murmuró tan bajo que no la habría escuchado de no ser por lo cerca que estaba de ella.

Asentí mirándola.

—¿Qué harías tú? —pregunté.

Tomó aire y relamió sus labios, girándose para mirarme de frente.

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