Solo necesitaba que alguien me tendiera una mano.
Solo necesitaba alguien que me dijera que todo iba a salir bien.
Solo necesitaba a alguien que tuviera fe en mí.
Y ellos fueron todo eso y más. Ellos me tendieron su firme brazo para que yo me sujeta...
Tan solo oía mi respiración y mi corazón latir, rodeada de toda aquella oscuridad que se cernía en las cuatro paredes que me rodeaban. Una esbelta sombra con forma de hombre se alzaba a través de la luz que pasaba por la única puerta que había en la alcoba.
Ese mismo hombre que destilaba frialdad y crueldad hacia mí y todo lo que yo conocía. Pero no siempre fue así y eso es lo que más asustada me tenía.
-Por favor no... no cierres la puerta.
Mi voz escapaba en forma de súplica, pero se oía como un murmuro tembloroso.
El solo agacho la cabeza y sin mirarme a los ojos ni una sola vez, volvió a cerrar una vez más esa puerta que me aterrorizaba y hacía que mi corazón se redujera haciendo que doliese. Y dolía mucho.
Y en esa oscuridad absoluta en donde ahora me encontraba, pequeñas gotas de sal empezaron a recorrer mis mejillas hasta llegar a mi mentón y caer al frío suelo de la habitación.
A ese mismo suelo donde estaban mis rodillas.
A ese mismo suelo donde caí yo.
A se mismo suelo al que le prometí que no volvería a verme asustada ni llorar otra vez.
Porque en ese mismo instante, una chispa en mi se encendió y no iba a dejar que se apagase nunca más.
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