5. El día de Wentworth (junto a August Derleth)

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Al norte de Dunwich hay un vasto territorio abandonado que, tras sucesivas ocupaciones por gente de Nueva Inglaterra, canadienses de origen francés que vinieron después de ellos, italianos, y finalmente polacos, ha recuperado en gran parte su estado salvaje. Los primeros habitantes vivieron de la tierra pedregosa y de los bosques que, entonces, cubrían aquella tierra. Pero no se cuidaron de repoblarla, ni de conservar sus recursos, y las generaciones sucesivas acabaron con la poca riqueza que quedaba. Los que vinieron después, pronto se cansaron de intentar hacerla fértil y se marcharon a otros lugares.

Es una parte de Massachusetts que no atrae demasiado a la gente. Las casas que un día se levantaron orgullosas están hoy tan abandonadas que resultaría imposible vivir en la mayoría de ellas con una cierta comodidad. En las laderas menos abruptas quedan algunas granjas con tejados a la holandesa, viejos edificios que, encaramados sobre plataformas rocosas, meditan acerca de los secretos de muchas generaciones de Nueva Inglaterra; pero las huellas del abandono se ven por todas partes: En las desmoronadas chimeneas, en las abombadas paredes, en las ventanas rotas de las casas y los establos. Varias carreteras cruzan aquel territorio, pero nada más desviarse de la general, que atraviesa el gran valle al norte de Dunwich, se encuentra uno con caminos que no son más que senderos, tan poco utilizados como la mayoría de las casas del territorio.

Se respira en este lugar una inconfundible atmósfera de vejez y soledad, pero también de maldad. Existen zonas de bosque jamás tocadas por el hacha; existen sombrías cañadas con enredaderas y arroyos sumidos en una oscuridad ininterrumpida, incluso en días de deslumbrante sol. En todo el valle hay pocas señales de vida, aunque existen unos cuantos habitantes recluidos en algunos de las granjas ruinosas. Incluso los halcones que vuelan a lo lejos en las alturas, nunca se entretienen demasiado en el lugar, y las grandes bandadas de cuervos atraviesan el valle sin descender a buscar una presa. Hace mucho tiempo tenía fama de ser un territorio en el que se practicaba el “Exrey” -ceremonias religiosas dedicadas supersticiosamente a las brujas-, y aún en la actualidad perdura esa triste fama. No es territorio para detenerse en él demasiado tiempo, ni tampoco el más apropiado para atravesarlo de noche. Pero fue precisamente de noche, en el verano de 1927, cuando hice mi último viaje al valle, a la vuelta de Dunwich, adonde había ido a llevar una estufa. No hubiera pasado por la zona situada al norte del pueblo abandonado de no haber tenido que hacer otra entrega, y al caer la tarde decidí internarme en el valle en lugar de rodearlo para alcanzar el otro extremo. La poca luz que había alumbrado Dunwich era ya prácticamente nula al llegar al valle, y pronto oscurecería por completo: El cielo estaba nublado por unas nubes muy bajas, casi a la altura de las colinas, de modo que me encontraba, por así decirlo, en una especie de túnel. Muy poca gente transitaba por aquella carretera: Podían tomarse otras para llegar al otro lado del valle, y estaba ésta tan abandonada, y los matorrales tan crecidos, que pocos conductores se arriesgaban a utilizarla.

Todo habría ido bien, puesto que la carretera me llevaba en línea recta hasta mi punto de destino, y no había necesidad de abandonar la carretera general, de no haber sido por dos hechos inesperados. Empezó a llover poco después de dejar Dunwich. Había estado muy nublado durante toda la tarde, y ahora por fin se abrió el cielo y empezó a diluviar. La carretera brillaba bajo las luces de mi coche, y esas luces pronto iluminaron algo más. Había recorrido unas quince millas cuando me tropecé con una pequeña barrera en la carretera cuya señal me obligaba a desviarme. Más allá de la barrera se podía ver que la carretera estaba tan destrozada y en tan mal estado que era imposible circular por ella.

Me desvié con cierto recelo. Si hubiera hecho caso a mi impulso de volver a Dunwich para coger otra carretera, me habría librado de las malditas pesadillas que desde aquella noche de horror me han inquietado. Pero no lo hice. Había recorrido demasiado camino como para perder el tiempo volviendo a Dunwich. La lluvia seguía cayendo torrencialmente, y era arduo y penoso conducir. Me desvié de la carretera y enfilé un camino cubierto parcialmente con gravilla. Habían limpiado los bordes y cortado ramas y árboles para hacer transitable el desvío, pero poca cosa habían hecho por la carretera en sí, y la los pocos metros, llegué al convencimiento de que iba a tener problemas. La carretera empeoraba progresivamente a causa de la lluvia; mi coche, a pesar de ser un Ford muy duro, con ruedas relativamente altas y estrechas, se hundía y marcaba el hendido de sus huellas a su paso y, de cuando en cuando, se metía en grandes charcos de agua, lo que ocasionó los primeros fallos del motor.

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