Capitulo 6

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Aquella mañana, miércoles, al despertarse, Sara se levantó y se miró al espejo. Lo que vio no le gustó nada. ¿Adónde fue mi nariz perfecta, Señor mío? Se volvió bulbosa y tiene un color de rábanos. Bolsas bajo los ojos. Y qué secos mis cabellos, salta una chispa y se encienden como paja. Jesús, mi boca. ¿Por qué las bocas se apuntan hacia abajo con los años? Antes no era así. No recuerdo quién me dijo una vez en la cama que tenía una boca de Monalisa. Ahora es como si tuviera adentro un horrible caramelo para la tos. Creo que una visita al salón de belleza no me hará mal.
Se vistió y fue el salón de belleza. Una esbelta y resplandeciente muchacha la atendió, la sentó en el sillón y preguntó:
-¿Algo especial, señora?
-Sí, hágame parecer un ser humano.
La muchacha la miró críticamente. «Me mira con asco», pensó Sara.
-Empecemos por el cabello, señora. Los tiene naturalmente blancos. Y muy abundantes. Quizás un tinte levemente azulado...
-¡No quiero tener la cabeza azul! Déjela blanca. Pero me devuelve cada pelo a su sitio.
La chica empezó su tarea. El cabello blanco resplandeció y recobró suaves ondulaciones. Las cejas algo pilosas fueron ordenadas y adquirieron una suave curva. Por su viejo rostro se untaron cremas, anticremas hormonales, suavizadores de algas marinas, aceites de jojoba, unturas para extraer antiguas grasas de los poros abiertos, con una parafernalia de golpecitos reductores de papadas... y el trazo sabio de un fino pincel que...
-¿Para qué es eso?
-Tiene usted unos interesantes ojos rasgados, señora. Vamos a acentuar un poquito. Un toque oriental siempre resulta interesante.
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Y una tenue línea negro-azulada corría desde la comisura de los ojos hacia la sien.
-¡Para eso!
-¿Cómo dice, señora?
-¡No vine aquí con la intención de disfrazarme de Cleopatra! Hace que mis ojos parezcan a los de Lenin.
-¿Lenin?
-¡Mi gato!
-Ésa es la idea, señora. No hay nada más atractivo en una mujer que una mirada felina.
-Yo no soy una mujer, soy una vieja que sólo quiere aparecer una vieja que cuida su aspecto.
Con desconsuelo, la experta borró los rastros de su arte y propuso:
-Entonces, aprovechemos esos ojos azules y vamos a acentuar su brillo. Digamos con un poquitín de oscuro en los párpados.
-¿Brillo en los ojos? No está mal. Me gusta.
Los ojos azules realmente parecieron brillar más, como una estrella en un cielo en sombras. Un delineador manejado con absoluta pericia remodeló la línea de los labios y volvieron a tener su tenue sonrisa pulposa de la Monalisa juvenil, cuando el rouge completó la obra. La mejilla y el mentón parecieron adquirir firmeza de carne joven, y las arrugas del cuello desaparecieron bajo una fina capa cremosa, sutil. Por fin, la bella joven terminó aquella esforzada reconstrucción facial, y dijo «ya está» con aire casi triunfal. Sara se miró al espejo.
-Sigo siendo yo -dijo.
Notó el desconsuelo de la joven.
-Pero un yo menos yo que cuando entré -concedió-. Hizo usted un buen trabajo, niña.
La chica sonrió con satisfacción.
-¿Va a una fiesta, señora?
-No. ¿Por qué la pregunta?
-Porque la preocupación por su aspecto parece cosa nueva.
-Quiere decir que cuando entré era una ruina.
-No es exactamente lo que pensé. Pensé en algo así como asistir a los 15 años de una nieta.
-Nada de eso. Es que hoy tengo una cita.
-¡Ah!
-¿Qué quiere decir con «ah»? Claro, le debe parecer ridículo que una —31→ vieja se ponga presentable para una cita. Además vi cierto brillito burlón en sus ojos, criatura.
-Le aseguro que no fue mi intención...
-Es que sí. Tiene razón. Mi cita es con un caballero.
-Está bien, señora. Todos tenemos derecho a...
-¡No lo diga como si pensara que la cita es para revolcarme en la cama con un tipo!
Algo ofendida, la chica replicó.
-Pero si eso es cosa suya, señora.
-Pero aclaremos el punto, niña. Mi cita es con un caballero que si se revuelca en la cama, se le desarma el esqueleto. Y yo termino con un lumbago, posiblemente.
-No se enoje, señora.
-Es que me pareció una impertinencia que me preguntara para qué me estaba adobando la cara.
-No fue impertinencia, señora. Era interés, de mujer a mujer.
-¡De mujer a mujer! ¿Qué de común hay entre una chica de veinte años como usted y una septuagenaria como yo?
-¡El vestido!
-¿Cómo dice?
-Pensando que iba a una fiesta y que se preocupó tanto de su cara. Le iba a sugerir un vestido nuevo.
Sara reflexionó un momento.
-¿Le parece que un vestido nuevo...?
-Sobre todo si la cita es con un caballero, toda vez que por la edad ya no sea medio ciego.
-¡Todavía lee sin lentes!
-Razón de más para pensar en un vestido nuevo. En el salón vecino mi hermana tiene una boutique...
-Creo que voy a echar una miradita.
Pagó a la experta en belleza y cuando se marchaba, la joven le dijo:
-Si me permite otra sugerencia...
-¡No me diga que tiene otra hermana que vende ropa interior negra!
-No, señora. Me refería a un perfume.
-¿Perfume?
-Si el caballero lee sin lentes, debe tener funcionando el sentido del olfato.
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-Huelo a antisudoral, y basta, niña.
-Un leve efluvio de cedro, lirio y pacholí -murmuró con picardía la joven.
-¿Le está imitando a Menchi Barriocanal? ¿De la tele?
-¿No vino aquí a ser más agradable?
-Ésa fue la idea, señorita.
-Complételo con un perfume.
-¿Yo? ¿Perfumada? ¿Qué va a pensar Miguel?
-Se va sentir halagado.
-¿Qué?
-Cuando un hombre aspira el perfume de una mujer, piensa que se ha perfumado para él.
-¡Usted sabe mucho para ser tan jovencita! Está bien. ¿Cuánto cuesta el perfume?
-No le cuesta nada. Le voy a obsequiar un frasquito.
-Es usted muy amable.
La joven extrajo de un pequeño muestrario de cristal un frasquito minúsculo, lo destapó y humedeció milímetros del dorso de su mano con el perfume.
-Aspire, señora.
Sara aspiró.
-Hum... huele bien.
-¡Señora!
-¿Dije algo malo?
-Se dice que «huele bien» de un pollo al horno.
-Tiene razón, niña. Un perfume no huele. Perfuma.
-Insinúa... -Susurró la joven con voz ronca, sensual.
-Yo ya no tengo nada que insinuar -aseguró Sara, sonrojándose bajo la capa del maquillaje.
-De mujer a mujer, señora...
-¿Sí? ¿Qué me va a decir?
-Parece que yo tengo más experiencia que usted.
-¡Por supuesto! Yo ya olvidé las mías. ¡Y se puede saber en qué sabe más usted que yo?
-Del romance.
-¿Y qué pasa con el romance?
-Que no tiene necesariamente que ser sexual, señora.
-A los 20 años no puede saber eso, jovencita.
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-Lo sé. Tengo un amante y le soy fiel. Un hombre mayor que me ha puesto este negocio.
-¡Eso es sexual!
-Pero tengo un amado que me hace feliz.
-En la cama, claro.
-Sin cama.
-Eso será cosa de estos tiempos modernos. Cuando yo era joven y amaba a un muchacho no dejaba de pensar en su bragueta.
-Eso no es amor. Era deseo. ¿No nota la diferencia?
-¿A mi edad? ¿Y para qué?
-Tiene una cita.
-...y ya no hay caso de pensar en braguetas. ¿Eso me quiere decir?
-Acaso sí, señora. Tal vez nunca conoció el verdadero amor, y está teniendo su última oportunidad. Un amor condenado a ser limpio.
-Usted no es una vulgar peluquera...
-Estoy en la facultad por la noche.
-Y el amado intocado es un compañero, ¿no?
-Acertó. Estudiamos juntos.
-¿Se besan?
-¿Curiosidad morbosa, doña?
-Está bien, niña, dejemos las cosas así. Gracias por el perfume. ¿Dónde está su hermana?
-El salón vecino.
-Gracias otra vez. Es usted una chica muy vivaz y práctica.
Salió Sara a la calle y volvió a entrar en el negocio vecino. La dueña era la réplica de la peinadora, aunque un poquito mayor.
-¿Señora?
-Estuve en manos de su jodida hermana, al lado.
-Se nota.
-Cree que necesito un vestido. Es que tengo una cita, ¿sabe?
-Bueno, señora. Usted debe decidir si necesita un vestido o no.
-Los que tengo huelen a alcanfor y naftalina.
-Puede airearlos, señora. Su elección depende de la impresión que quiera causar al caballero.
-No puedo pretender que se desmaye como un Romeo. Sólo causarle la impresión de que soy una dama... pulcra.
-¿Y deseable?
-Eso ya no corre. Hay una próstata de por medio. Y ochenta años.
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-Ah, comprendo. Miremos aquí...
De un largo listón colgaban decenas de perchas con sus correspondientes vestidos.
-Mire, ese verde con el cinturón rosa.
-Parece un poco escotado. No voy a usar un escote que muestre dos bolsas vacías que me llegan a la barriga.
-Hay portasenos que...
-Olvídese de eso. Quiero ser elegante en la medida de lo posible, no grotesca, muchacha.
Por fin, eligió un vestido de tenue color celeste con motitas azules cuyo cuello se cerraba en la garganta con un discreto moño.
Iba camino a su casa con la cabeza blanca tornasolada por el sol crepuscular, con el paquete del vestido metido en un bolsón de plástico, y pensando que debía inventar una receta bien cara para recuperar con Raúl lo que había gastado.

Amor de invierno Donde viven las historias. Descúbrelo ahora