Capítulo 7

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-Buenos días, señor- le dije.

-Debe disculparme por esto. Por mi honor, que no es lo que parece...-

-¿Y qué es lo que parece?- le dije, no habiendo todavía terminado de entender la escena.

-Pues, ¡cualquiera diría que estoy robando su caballo!-

-Oh...- solo pude contestar.

-Pero la verdad es- siguió diciendo el hombre- que su noble animal casi se larga sin usted-

Acaricié las crines del caballo y miré al hombre.

-Entonces, señor, estoy en deuda con usted. Me ha salvado de un viaje a pie y de un regaño en la casa-

El hombre sonrió y sus ojos verdes brillaron. Inmediatamente, me extendió las riendas y tocó su sombrero a modo de saludo. Yo le devolví el gesto con una inclinación y me volteé para volver a ver la nota. Antes de que pudiese leer una sola palabra, la voz del hombre sonó detrás de mí diciendo:

-Espero que la manzana haya sido de tu gusto. Me enteré que no habías desayunado-

Me volteé rápidamente, pero el caballero ya había desaparecido. Quizá había entrado a alguna de las tiendas o simplemente se había alejado con una velocidad sobrehumana. La curiosidad me estaba carcomiendo por dentro, por lo que antes de subirme al caballo de nuevo, abrí la nota, con una mano en las riendas todavía.

Para la Señorita Sharon Edwards:

¡No debe usted salir sin desayunar! ¿Qué ocurriría si se desmaya en el camino? Le habría enviado algo más suculento, pero nada de lo que tenía en mente se podía poner en una alforja. Espero que no piense que le estoy dando el alimento que le habría dado a mi caballo...

Sinceramente,

...

No tenía firma. El caballero que me había ayudado sabía de la manzana, ¿pero cómo?

Sin tener las ideas muy en claro, metí la mano en la alforja y saqué con cuidado la fruta, que resultó ser del rojo más intenso que había visto. Me subí al caballo y emprendí de nuevo el camino hacia la casa. 

Mientras cabalgábamos, comía la manzana y daba vueltas en mi cabeza a todo lo que había ocurrido. Era imposible que fuese una casualidad, además, el caballero usó las mismas palabras que se encontraban en la nota. Pero no pudo haber sido él el que la haya puesto en el morral, yo encontré la nota antes de que él apareciera. ¿Había estado en la casa? ¿Estaría aliado con el señor Harris? 

"¡En que estás pensando, Sharon!" me reprendí a mí misma, al tiempo que me daba cuenta que había terminado mi manzana. Arrojé el corazón a un matorral casi sin pensarlo. No había una razón lógica para todo lo que había ocurrido ese día. El joven en el campo, la manzana en el morral, la nota, el caballero fantasma... 

Entre todos estos pensamientos, llegamos a la casa. El caballo se dirigió sin pensarlo demasiado a la caballeriza, mientras yo estaba envuelta en mis pensamientos. Salió a recibirme el Sr. Harris con rostro de preocupación. Antes de siquiera poder entrar al establo, se acercó a mí, diciendo:

-Señorita, que bueno que usted haya llegado. Pero, ¡rápido! Bájese y vaya a ver a Lady de Stephen que no está de humor. Tal parece que su paseo la molestó más de lo que se hubiese creído...-

-¿No le habré causado problemas a usted o a su esposa?- dije preocupada mientras desmontaba.

El hombre solo me miró y me dijo:

-Será mejor que entre-

Mientras el joven caballerizo me guiaba dentro, me volteé al Sr. Harris y le lancé mi más sentido "lo siento" y me dejé llevar por el joven. Recorrimos largos pasillos con rapidez. El joven parecía nervioso, incluso más que yo. Mis ansias por saber que me diría Lady de Stephen superaban mis nervios, a pesar de que estos últimos se encontraban presentes. Mientras caminábamos a un paso que era casi un trote, intenté arreglarme lo más que pude. No estaba en las mejores condiciones para ser presentada ante la quisquillosa mujer, pero no podía escaparme, por lo que solo seguí detrás del muchacho. 

Finalmente, llegamos al gran recibidor y, desde allí, nos dirigimos a la biblioteca. Nos detuvimos frente a la puerta al llegar. Al pobre chico le temblaban las manos al tomar el picaporte. Parecía tenerle un miedo enorme a su ama. "¿Quién no?" me pregunté. Antes de que pudiese girarlo, le dije en un susurro:

-Déjame a mí. Yo entraré sola-

El rostro de alivio del joven se dejó ver y traslució su agradecimiento con balbuceos de alegría y una sonrisa. Antes de poner yo misma la mano en la puerta, él ya se había marchado al trote. Respiré profundo. "Fuerza, Sharon" me dije a mi misma, entonces toqué a la puerta. El eco de la pesada madera resonó un poco dentro de la habitación hasta que la voz de la mujer me dio paso:

-Adelante-

Debajo del BalcónDonde viven las historias. Descúbrelo ahora