El techo de la biblioteca dejaba pasar los rayos de luz a través de la cúpula de cristal. Las motas de polvo, diminutas, reflejaban la luz de la mañana y daban la ilusión de que aquél era un lugar encantado.
Alejada de todas partes, prácticamente oculta a los ojos de todos, pero existiendo en la realidad mortal.
Casi se podría decir que esa biblioteca estaba en el límite de lo que consideramos humano.
En realidad, nada de lo que había dentro era humano, ni siquiera mortal. Y no me refiero solo a los libros.
Estoy hablando de la bibliotecaria.
Otra noche en vela más, Semyazza recibía los rayos de sol desde el centro de la instancia. ¿Cuántas habían sido ya? ¿Cientos? ¿Miles de noches las que había estado mirando al cielo sin ninguna expresión en su rostro? Como siempre, al amanecer, en la mesa en la que estaba sentada aparecía comida suficiente para aquél día.
Esa era su vida. Pasar las noches en vela, esperando a que llegase la mañana para que hubiese luz suficiente, y poder así seguir con su tarea de cuidar los libros.
–Buenos días, amigos míos– saludó a los mudos habitantes de las estanterías.
Sus pasos resonaron en las paredes y regresaron a sus oídos en forma de eco. Ese sonido era uno que acababa por hacerte perder la cabeza, pero ella no tenía preocupación de eso.
Cuarto piso de la biblioteca. El último, y dónde tenía en un rincón un pequeño habitáculo para ella, que nunca usaba.
Hoy tocaba el mantenimiento de esa zona, lo que significaba revisar todos y cada uno de los libros, ordenarlos en caso de que alguno no esté en su sitio, y por supuesto, comprobar que están bien.
Empezó por el que era su favorito. El tomo descansaba sobre un pedestal que soportaba su gran peso.
–Hola, Azazel– volvió a saludar, sin respuesta, al enorme volumen que estaba frente a ella.
Un día más, comenzaba la rutina.
Semyazza no pudo evitar exhalar un suspiro.
Sabía que merecía ese castigo, pero tras tanto tiempo... Empezaba a plantearse si una vida de penitencia infinita merecía ser prolongada.
Cuatro pisos más abajo, sin embargo, ocurría algo inimaginable para la bibliotecaria.
Cuando el chirrido de la puerta se hizo escuchar y un segundo par de pasos comenzaron a sonar en el enorme edificio, Samyazza no pudo evitar sentir miedo.
Miedo por haber sido encontrada, miedo por no saber quién había entrado en su refugio y prisión, y miedo por la seguridad de sus compañeros.
Desde el cuarto piso de la biblioteca, se asomó al primer piso, donde pudo observar cómo ese intruso paseaba, dejando el suelo tras de él empapado.
No se había dado cuenta mientras trabajaba, pero había empezado que diluviar.
En la cabeza de Semyazza las alarmas se encendieron; si el agua tocaba sus libros...
No recordaba la última vez que había corrido. Bajar las escaleras de cuatro en cuatro era algo que nunca se le habría pasado por la cabeza.
Más abajo, aquél intruso retrocedía asustado ante el estruendo de la carrera de la bibliotecaria, cada vez más cerca, hasta que llegó al piso de abajo. Nada más entrar en el campo de visión de aquella persona, Semyazza dejó salir una voz que fue más un gruñido animal.
–Largo...– dejó salir la bibliotecaria desde lo más profundo de su garganta.
La figura temblaba bajo una enorme chaqueta, arrastrando tras ella una mochila y unos bastones.
–Por favor, está lloviendo a mares, hay tormenta, es peligroso salir al bosque– suplicó.
Un aura oscura se extendió por la sala, con el epicentro en la responsable de aquél lugar y su seguridad. No sabía cómo alguien podía haber entrado, pero no iba a dejar que dañase a sus amigos.
Avanzó hacia el intruso con los puños apretados y éste retrocedió, trastabillando y cayendo de espaldas sobre el suelo mientras se quejaba.
Aquello desconcertó un poco a Samyazza, parecía dolor lo que el intruso sentía.
Hacia mucho tiempo que no escuchaba nada que no fuese su voz. Y notar un sonido cargado de dolor le parecía algo irreal.
–El tobillo...– dijo el intruso.
Se quitó la bota de montaña y observó. Lo tenía inflamado y rojo... Seguro que la humedad no hacía bien a la torcedura.
Desde su posición Semyazza pudo ver quién se ocultaba detrás de la capucha.
Una media melena morena asomaba, con una cara también morena y un brillo verde en sus ojos.
Semyazza notó algo que solo pudo comparar a cuando, en las noches, su cuerpo comienza a resentirse y suplica por moverse para desentumecerse. Pero era mucho más leve y molesto.
–Vas a curar tu tobillo. Y después te irás.
Dijo, mientras se daba la vuelta e iba a leer uno de los libros del segundo piso: Mehuel, el libro de la curación.
Sabía que no debería hacer eso, su misión es proteger la biblioteca y sus libros... Pero tampoco podía dejar a esa chica sola en el monte, aún no había dejado atrás todo lo que fue.
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Librarian's Liar
FantasyUna Biblioteca que guarda todo el conocimiento del mundo. Una bibliotecaria que guarda penitencia por los errores que cometió. El pasado está ya escrito en los libros, pero, ¿será alguien capaz de coger la pluma y escribir un nuevo futuro para éste...