Ella no estaba llamada a serlo, pero el peso de la traición la condujo hasta lo que es ahora, una reina. Y como tal, de ella depende ahora todo el pueblo de Aradiah.
Convivir en palacio con los infames nobles nunca ha sido tarea fácil, pero Annelis...
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Anneliese contempló a la multitud con gesto ausente y nervioso, mientras su hermano Siloh permanecía impasible ante los nobles que se encontraban conglomerados frente a sus ojos, expectantes.
La joven podía apreciar las caras de disgusto de muchos de los allí reunidos, pudiendo percibir su hostilidad desde los prudenciales metros de distancia que separaban el altar donde se encontraban ella y su hermano, de los bancos donde estaban asentados los invitados. Le hubiera gustado que su madre estuviese junto a ella en esos instantes, cogiéndola de la mano como solía hacer cuando era pequeña y debía presentarse en público ante aquellos mismos hombres y mujeres de gesto hosco y vicioso, que no hacían contra cosa más que chismorrear y meter sus narices donde no les convenía. Sin embargo, se recordó que debía ser fuerte por ella y por su hermano, y trató de establecer el mismo semblante serio e impenetrable que Siloh.
Siempre había sabido que todos los fieles de su padre eran unos verdaderos estirados cobardes, gentes colmadas de dinero que, en vez de sentirse agradecidas por todo cuanto les privilegiaba su posición, aun deseaban ostentar más; alcanzar un poder que, por herencia, no les había podido corresponder jamás: gobernar. Y sintió nauseas al comprender que pronto su hermano tendría que depositar su plena confianza y su propia vida en aquellos seres sin alma ni compasión.
Sus ojos no pudieron evitar desplazarse hacia la izquierda del recinto cuando estos captaron movimiento desde la puerta lateral, la misma que se acababa de abrir, dejando vislumbrar a un hombre joven de pelo castaño y complexión delgada y prominente.
"Covian"
Pronunció su nombre mentalmente, como si así el joven que acababa de entrar pudiese escucharla, pero los ojos del chico se mantuvieron sobre la multitud, sin llegar a alzar la vista hacia el fondo de la ermita donde ella se encontraba.
La Iglesia del palacio nunca había sido conocida por ser excesivamente grande, y, sin embargo, a Anneliese le dio la sensación en aquellos instantes de que la distancia que la separaba del caballero era infinita, y tuvo que cerrar los puños con fuerza hasta clavarse las uñas en las palmas de sus manos, deseando mitigar la desazón de una vez por todas. Trató de enfocarse entonces en aquello que la rodeaba, intentando distraerse.
Toda la ermita había sido provista de un sinfín de velas blancas, de todos los tamaños y formas, y sus llamas anaranjadas producían ahora sombras alrededor de las paredes de piedra caliza, generando un ambiente lúgubre y oscuro entorno al interior de la misma. Las cortinas color granate de los ventanales habían sido corridas hasta impedir por completo la entrada de la luz solar, de forma que esta no pudiese alumbrar a su hermano hasta el momento culmen de la ceremonia, cuando estas se descorrieran de nuevo y la luz diera de lleno al nuevo rey de Aradiah; y los escasos candelabros colgados en la bóveda de la Iglesia apenas servían para alumbrar a todos los allí presentes, otorgando solo un halo de luz en el altar, por encima de sus cabezas.