Capítulo 2

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¡Deja a Wallace fuera de esto!

Existen personas que despiertan de buen humor por las mañanas... desgraciadamente yo no soy una de ellas. Toda mi familia lo sabía, por esa razón nadie me molestaba cuando recién acababa de despertar. Odiaba con todas mis fuerzas madrugar para ir a al instituto. ¿Por qué debía asistir a un lugar donde las personas me ignoraban e insultaban? Ser adolescente apestaba.

A pesar de mi negativa por ir a aquel lugar, tuve que entrar en mi papel de «chica que disfruta la vida escolar», así que tomé unos pantalones de mi armario y mi blusa favorita y me dirigí al baño para arreglarme. Me duché lo más rápido que pude, dejando que el agua fría cayera sobre mí para poder despertar completamente. Cuando terminé envolví una toalla al rededor de mi cuerpo y me paré frente al gran espejo que había dentro del baño.

Seguía impresionandome lo mucho que había cambiado en los últimos años. Los aparatos dentales habían desaparecido, los barros también —aunque algunos seguían resistiendose y aparecían de vez en cuando— y utilizaba con mayor frecuencia mis lentes de contacto. Parecía que lo único que persistía en mí era la baja autoestima y mi nula popularidad.

Suspirando, comencé a vestirme antes de que se me hiciera más tarde y perdiera el autobús... de nuevo. Antes de salir de mi habitación recordé la desagradable conversación que había tenido con Rachel la noche anterior, por lo que solté un quejido al pensar en el martirio que me esperaba.

Revisé mi aspecto una última vez, sin embargo no estaba del todo conforme con lo que veía. Quizás siempre sería de esa manera. Las inseguridades de la vieja Blake seguirían dentro de mí por mucho tiempo. No había nada que pudiera hacer al respecto.

Tomé mi mochila del suelo, al igual que mi móvil y audífonos y bajé las escaleras. Aquel era un día sorprendentemente tranquilo comparado con los desayunos para nada familiares que solíamos tener. No pude escuchar ni un solo grito por lo que quizás, aquel día no sería tan malo.

—¡Buenos días, familia! —exclamé de buen humor entrando a la cocina, sin embargo no había nadie allí—. ¿Mamá? ¿papá? —llamé—. ¿Hay alguien en casa?

—Por aquí, cielo —la voz de mi madre llegó desde la sala de estar.

¿Qué rayos pasaba? Ellos odiaban llegar tarde, así que no tenía sentido para mí el porqué no estubieran desayunando. Caminé hacia la sala para ver el porqué de su retraso y justo cuando crucé el umbral, mi mirada conectó con unos ojos cafés intensos. Me quedé petrificada.

No. No, no, no, no. No podía estar pasando. Él no podía estar allí, frente a mí, sentado en mí sofá sonriendo como si fuera uno de los mejores momentos de su vida. Aunque de hecho, quizás lo era. Él disfrutaba con el sufrimiento ajeno, y estaba viendo a su víctima preferida.

—Mira quien ha venido a saludar, Blake —Mi madre sonreía como si el mismísimo Dios estuviera en nuestro recibidor—. ¿A caso no te alegra ver a Kyle?

«Por supuesto que no»

—Hola, Blakey —Pequeños escalosfríos se arrastraron por mi columna al escuchar su voz después de tanto tiempo—, me alegra verte.

Su voz era más grave y ronca de lo que recordaba. Para nada la voz de puberto que solía tener. Eso no era lo único que había cambiado en él. Su aspecto blandengue se había esfumado y en su lugar quedó un cuerpo esbelto y musculoso. Su cabello era diferente  también; se encontraba más corto y le daba un aire de chico malo que a decir verdad le sentaba muy bien. Odiaba admitirlo pero, sin duda había crecido y lo había hecho para bien.

—¿Hola? —Mi saludo sonó más a pregunta, pero me encontraba muy confundida por su amabilidad.

—Kyle se ha ofrecido a llevarte a la escuela para que no se te haga tarde —A mi madre solo le faltaban corazones en los ojos—, ¿no es eso dulce?

El mejor de mis malesDonde viven las historias. Descúbrelo ahora