Porque hay personas a las que vas a querer toda una vida, estés junto a ellas... O no.
Cuando uno de los departamentos del edificio Octubre es ocupado por un nuevo inquilino, ocurren demasiadas cosas. Suficientes como para que de ahí en delante, con...
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"Y quizá, sea porque somos los lugares donde vivimos, no solo existimos. O quizá, porque estamos hechos de las personas con las que fuimos, y todavía a veces cuando nos da, somos, no solo estuvimos.
A veces creo que es solo por ti, o tal vez, sea solo por mí, pero pase lo que pase, ¿sabes? Yo siempre te quiero".
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Y después de tres tonos, y después de haber cogido el suficiente valor, y después de haberse arrepentido y colgado a mitad de llamada tres veces consecutivas, por fin, le atendieron el teléfono:
—Buenos días, aquí Sonia de la Agencia Inmobiliaria Rodríguez y Asociados, ¿con quién tengo el gus-
—Quiero venderlo—interrumpió. Era de mala educación, lo sabía, pero le había tomado tanto valor por fin decidirse a llamar, que no podía desperdiciar el corto impulso y dejar a la cobardía ganarle de nuevo. Además, ya había sido educada mucha vida, tanta, que eso mismo la había arrastrado a ser ese lío que ahora era.
—¿Disculpe?
—El departamento—. Distraídamente, enredó un mechón de cabello en su dedo índice—. Quiero vender el departamento.
— Oh... Bueno, yo... Creo que se equivocó de línea, ¿podría-
Imposible. Se había aprendido de memoria los números de aquella tarjeta que la tal Sonia le había dado por primera vez. Esa con la que ahora jugueteaban sus dedos.
—No—volvió a interrumpir con voz nerviosa, atrayendo el silencio a la línea por su espontaneidad—. Soy yo—afirmó—. Soy yo, Sonia. Yo, la de la llamada de ayer. La de las llamadas del último mes. La "terca y guapa" del departamento 16-B. Soy yo. ¿Me recuerda?
Silencio.
—¿Sonia?
Un suspiro, y luego, la voz de Sonia.
—Lo hago—dijo—. Lo hago, señorita.
—Bien—murmuró mordiendo su labio inferior—. Entonces... —Tomó un gran respiro, cerrando con fuerza los ojos como si así evitara que el dolor la consumiera, o como si así el asunto asustara menos, y continúo hablando a través del teléfono público, encerrada en esa típica cabina de película, con un hermoso Sol insistiendo por penetrar los cristales al rededor para poder quemarle la piel—. Quiero vender el departamento—retomó el asunto—. Quiero venderles el departamento, Sonia.
—Ya veo...— Sonia se aclaró la garganta—, ¿ésta segura?
La chica del 16-B no logró contener la reverberación suave, sarcástica y nerviosa que se deslizó por el auricular al otro lado de la llamada, mismo sonido que reconoció como su propia risa.