Duelo

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Le dolía el estómago por tanto beber.

Había vomitado en reiteradas ocasiones en las últimas horas; estaba hecho un asco.

No sabía dónde estaba ni cuándo era, pues su vida se había detenido aquel día que su ángel murió en la basílica de San Giorgio Maggiore. Todos los días que le siguieron, eran aquel día repitiéndose.

Cerró los ojos y respiró, sintiendo el aroma del perfume que su ángel solía usar, repitiéndose cada vez que realizaba aquella acción. Y comenzó a llorar, nuevamente, cada vez que la fragancia de Bucciarati regresaba a su consciencia, entonces tragó la saliva que se acumuló en su boca, jurando que podía saborear los labios de su amado.

Entonces, todas las sensaciones que le recordaban la dicha de recordarlo, comenzaron a desvanecerse en el olor y sabor a alcohol.

El líquido se acabó, no le dio importancia, ya tenía suficiente de él por ahora. Necesitaba comer algo sólido, así que hizo que sus pies lo llevaran por las calles oscuras de Nápoles hasta la casa que compartía con su amado y sus compañeros... después de una semana sin dar señales de vida.

—¡Abbacchio! -gritó Narancia, apareciendo en el recibidor tras escuchar la puerta cerrarse- ¿Dónde has estado? Llevamos días buscándote...

Leone volteó a verlo, con la mirada perdida, provocando en el menor una expresión de congoja, él también debía estar dolido por la muerte de su capo.

—Mañana...

No añadió nada más, no podía decir algo más. Caminó por inercia hasta su habitación y se metió al baño; recuperó el conocimiento al momento que el agua fría tocó su cuerpo, cayendo de rodillas sobre el estrecho espacio cubierto con cerámicas ásperas.

Su stand apareció y lentamente tomó la forma de su difunto amante.

Oh, Leone, mio amore... -comenzó a recitar, mientras Abbacchio se levantaba para abrazarse a su pecho- Cuando yo no esté... respirame cada vez que cierres los ojos, saboréame cada vez que llores; pues éste recuerdo se desvanecerá algún día y morirá. Pero mi amor ti siempre prevalecerá con aquellas acciones.

El temporizador se detuvo, junto con el sonido de una videocasetera al pausarse, y la imagen de Bruno Bucciarati volvía a ser lo que era; su stand.

Oh, no...

Los recuerdos no.

Cuantos recuerdos. Cuantos momentos.

Y ahora no podía mirarle a los ojos, nunca más.

—No, ya no quiero intentarlo más...

Without you I'm nothingDonde viven las historias. Descúbrelo ahora