La música sonaba alto, la gente se aglomerada y bailaba con todo lo que tenía, las luces neón y los láser cruzando el recinto. Era un desastre majestuoso.
Rubén se encontraba en la barra de aquella descontrolada disco, Alex, Guillermo y Samuel se encontraban con él. Todos tratando de hacerse escuchar a través del ruido.
La música bajo de repente, suspiraron en agradecimiento puesto que ahora, podían hablar sin gritar tanto. Alex miró a la gente de la disco, simplemente queriendo repasar que tipo de personas visitaban aquel recinto.
Pero sus ojos se abrieron de par en par. Miró a Rubén, tomándolo del brazo para jalar de él buscando su atención.
– ¿Qué pasa, qué pasa? – preguntó Rubén frunciendo el ceño.
Alex se acercó a él – Allí está el chico de anoche, al fondo.
Rubén le miró confundido, mirando hacia donde le apuntaba Alex. No vio a nadie. Frunció el ceño.
– Alex, no veo una mierda.
El chico bufó, señalando con su dedo a una esquina de la disco. Los ojos verdes de Rubén se dirigieron allí, quedándose casi hipnotizado al verlo. Era un chico, pero vaya chico. Usaba unos jeans azul oscuro, que delinean sorprendentemente las curvas que el chico portaba.
Curvas. El chico tenía curvas.
Usaba una camiseta de mangas que dejaba ver uno de sus hombros. Tenía puestas unas botas negras de tacón discreto y sus uñas estaban pintadas de negro. Usaba anillos.
Rubén juró haberse enamorado.
– Joder... – murmuró – ¿Quién es?
Alex le miró casi indignado – ¿Eres tonto o qué? Es el chico de anoche, con el que saliste.
Rubén le miró confundido. Había salido anoche con semejante Dios, ¿y no lo recordaba? Esto estaba mal.
– Alex, te juro que no recuerdo haberlo visto en mi puta vida – dijo, algo desesperado.
¿Cómo era posible? ¿Cómo pudo olvidar semejante cuerpo? Esos labios... ¿Cómo?
Alex suspiró, mirando detrás de Rubén. Sonrió – Quizás tú no, pero él sí.
Dijo, para después girarse y acercarse a Guillermo que platicaba con Samuel. El castaño frunció el ceño, se giró y pudo jurar que su corazón se detuvo en ese instante.
– Rubén Doblas... – aquella voz. Aquéllos pecaminosos labios y aquéllos ojos. Era él. Pero seguía sin hacer memoria.
Le miró, sorprendido – ¿C-cómo sabes mi nombre? – cuestionó. Miguel sonrió, acercándose a Rubén, quizás demasiado. Sus pechos se tocaron y el aroma dulce y fresco de Miguel inundó al castaño.
– Anoche – le susurró –. Solo una noche bastó para aprenderlo. Pero al parecer... – se alejó – tú ya me has olvidado.
Rubén suspiró, mareado por su aroma – No te recuerdo... pero tu cara me es familiar – confesó. Miguel sonrió, negando con la cabeza.
– Vale... – se acercó de nuevo, pasando sus brazos por el cuello de Rubén, pegando sus cuerpos, se puso de puntitas, acercando sus labios al oído del castaño – déjame ayudarte a recordar.
Y como si su calor lo hubiese hipnotizado, Rubén se dejó llevar hasta el borde la barra. Alejado de sus amigos.
Miguel comenzó a moverse contra él, depositando pequeños besos en la mandíbula de Rubén. Sus manos tomaron las del castaño – Tus manos... – las llevó a su cintura – aquí.
