CAPíTULO 1(Editado)

163K 6.8K 1.7K
                                        

Adeline

Yo no era especial. Aunque siempre había soñado con serlo. Era un personaje secundario de mi propia vida, en la cual me la pasaba queriendo ser otra persona. Porque en un mundo de especies sobrenaturales y magia yo solo era una cambiaformas de lobo del montón, y eso que ni siquiera había tenido mi primera transformación. Por lo que no era una cambiaformas completa. Solo un proyecto. No era fuerte, ni ágil, pésima en el combate cuerpo a cuerpo y tenía la costumbre de llorar cuando me sentía impotente. Nadie esperaba nada de mí, aunque yo no podía evitar pensar que estaba destinada a algo más grande. Tal vez esa sea la gracia de las personas pequeñas, podemos soñar en grande porque tenemos todo por ganar. Y, en ocasiones, podemos triunfar.

- ¡Adeline! ¡Despierta! - el grito de mi madre resonó por toda la casa aquella mañana- ¡Vas a llegar tarde!

No me levanté, simplemente me encerré bajo las mantas intentando desaparecer. Tal vez, si tenía suerte, la suavidad del colchón me engulliría. No pude evitar preguntarme por cuánto tiempo más tenía que soportar ese sentimiento de vacío que se había instalado en mi pecho y que hasta parecía ser parte de mí. Podría quedarme en la cama hasta morir y no me daría ni cuenta.

Desafortunadamente para mis intentos de desaparecer, uno de los requisitos para que mi familia pudiera permanecer dentro de la manada era que mi desempeño escolar fuese decente. Nos habían aceptado con varias condiciones, la mayoría me eran desconocidas. Si hubiera sido mi decisión nunca nos hubiéramos asentado aquí. Pero en aquel entonces solo era una recién nacida. Desconocía las circunstancias de nuestra llegada, mi madre siempre cambiaba de tema cuando lo preguntaba. Solo sabía que estaba relacionado con la muerte de mi padre y con la gran cicatriz que marcaba la espalda de mamá. A ella le debía todo. Así que lo menos que podía hacer era levantarme y enfrentar otro día. Al menos hasta que pudiéramos irnos.

- ¡Adeline- Helena volvió a gritar, tenía unos pulmones excelentes.

- ¡Estoy despierta! - grité de regreso, volteando a ver el reloj que estaba en mi mesa de noche. Contuve un quejido, iba sobrada de tiempo- Maldita embustera.

- ¡Puedo oírte, mujer! - rodé los ojos. Mi madre tenía los oídos de una loba, así que no había necesidad de que gritase para que ella pudiera oírme desde el otro lado de la casa- ¡Feliz cumpleaños!

- Gracias.

Completamente desganada fui hasta el baño. Por suerte tenía uno en mi habitación. Tenía que bañarme porque no podía ver a Helena sin haberme quitado los rastros de lágrimas de la noche anterior. No me tomé mucho tiempo y luego me vestí con mi ropa habitual: pantalones de mezclilla, remera de mangas cortas y converse. Me planté frente al espejo, consciente de que era el primer reto del día. No era tonta, sabía que mi aspecto era promedio. El problema real era lo que los miembros de la manada me habían hecho creer sobre mí. Años y años de burlas y humillaciones habían alterado mi realidad. El cabello negro, que llevaba hasta los hombros, me parecía desprovisto de brillo y de apariencia grasosa; mis ojos verdes me parecían verde podrido en vez de verde musgo y a mi piel la veía de un blanco enfermizo. Ni hablar de mi delgadez. Ser flaca no bastaba, había que ser atlética, y si no eras atlética eras débil, por ende, no servías para nada. Así que mi completa falta de musculatura era un aspecto condenable. Otro más.

Me había acostumbrado, porque no conocía otra cosa. Me era habitual ver que los rangos altos pasaban por nuestro lado ignorándonos, arrugando la nariz al oler nuestra peste. La manada en la que vivíamos era una de las más poderosas del mundo, y no había cosa que se valorase más que el poder. Algo que no teníamos. Helena y yo éramos las marginadas, el eslabón débil, la escoria. Por algún motivo solían simplemente ignorar a mi madre, pero yo no tenía tanta suerte. El instituto se había convertido con el paso de los años en una especie de infierno personal. Sufría humillaciones, golpizas, la pérdida de objetos personales que luego reaparecían destrozados e incluso se les había dado vía libre a miembros de otras manadas para que me usaran de saco de boxeo. Básicamente era el medio por el cual todos descargaban sus frustraciones.

SERÁ TARDE (Editando)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora