Capítulo 4

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Capítulo 4

Maria respiró con alivio al ver que no tendría lugar una ceremonia medieval para meterla en la cama. Por la ventana, especie de friso labrado, se podía ver la luna llena y el cielo color morado oscuro. Maria no apreció la belleza de la noche, sino que se estremeció. Tenía la piel sudorosa, y muy fría. Dentro de esos muros, el siglo veinte era sólo una ilusión. Ella era como un regalo para que su nuevo esposo lo desenvolviera.
Se quitó el velo y el tocado con manos temblorosas. Al soltarse el cabello, este despidió un fuerte aroma perfumado. Maria hizo una mueca; sus sienes palpitaban. Se negaba a proseguir con la farsa. ¿Cómo podía esperar Esteban que lo hiciera? Al oír que una puerta se abría, se dio la vuelta con rapidez, muerta de miedo.
Esteban vestía ahora una túnica color crema y también tenía la cabeza al descubierto. Al acercarse, sonrió con suavidad. La miró con ojos brillantes. Mientras que Maria estaba tensa y asustada, él estaba muy relajado.
-Qué bueno que no te desvestiste por completo para esperarme en la cama -la tomó de los hombros y la observó con seriedad-. Ahora eres mi esposa.
Maria sintió que la cabeza le daba vueltas e intuyó que le pasaba algo más, aparte de estar nerviosa. Pero su fuerza de voluntad le permitió erguirse.
-No puedo meterme en esa cama contigo -le espetó.


Esteban se arrodilló frente a ella y le quitó el cinturón del zafiro.

-Yo te llevaré -prometió y soltó el primer botón de plata, en el dobladillo del caftán. Había cientos de ellos.
-Yo puedo desabrocharlos -murmuró, impresionada por la falta de reacción de Esteban ante su declaración. El empezó a reír de forma inesperada y evitó que Maria se alejara.
-Yo soy quien debo soltar los cientos de botones. Con cada botón desabotonado, veo. . . -la contempló en silencio-. Es una costumbre muy provocadora.
-Para un hombre -intervino, temblorosa-. Si crees que tengo intenciones de quedarme parada mientras me desnudas. . .
-No lo creo, estoy seguro de ello -replicó con calma-. Estás nerviosa, Maria, pero eres mi esposa -los dedos no cesaban en su tarea.

La repetición de las palabras la paralizó. Su esposa. Su individualidad y autonomía le eran robados por medio de una simple ceremonia.

-Esto es. . . una barbaridad -susurró.
-Piensa antes de hablar. No soportaré insultos esta noche -en su voz suave hubo una dura advertencia.
-No eres razonable, Esteban -sus ojos le suplicaron comprensión-. ¡Somos dos extraños! No puedo nada más. . . Esteban se levantó sin hacer ruido y le quitó las manos protectoras del pecho. La miró con dureza y decisión.
-Aceptaste este matrimonio sin presiones, consciente de que llegaría este momento.
-No pensé en esto. . . ¡No pude! -el oxígeno le faltaba.
-No me rechazarás.
-No te estoy rechazando. . . yo. . . -dejó de hablar. No sabía muy bien lo que quería decirle, pero era muy consciente de que sus palabras lo enfurecían.
-Esta emotiva escena me parece una ofensa.
-Me lo imaginé -murmuró Maria, impotente-. No es un problema por el que sufrirás,. ¿verdad?
Esteban la tomó de una muñeca- y la acercó.
-Eres mi esposa. Lo que intentas negarme ya no te pertenece para que lo niegues -afirmó, con acidez.
-Esto es algo medieval -tembló Maria.
-Ten cuidado para que no descubras lo medieval que puedo ser -la amenaza fue acompañada de un endurecimiento de todos sus rasgos. Era un príncipe del desierto, el símbolo de una cultura feudal en donde era inconcebible que una mujer desobedeciera a su esposo-.
-Este no es un buen principio para nuestro matrimonio, ¿no te parece?; Después de todo, ¿qué me ofreciste en nuestro primer encuentro que no fuera esto?
-No fue así como lo dices -Maria se llevó una mano a la garganta..' La agresión que provocó en Esteban, la intimidaba y debilitaba de modo. increíble.
-¿Cómo fue? -la miró con burla-. ¿Acaso me ofreciste conversación inteligente? ¿Trataste de impresionarme de otra manera que no fuera con tu belleza?
Maria se estremeció ante el desprecio patente de Esteban.
-Estaba nerviosa. . . avergonzada. No sabía qué decirte.
-Pero de todos modos no te preocupaba lo que te esperaba. Sólo te importaba que me casara contigo. Ni siquiera me preguntaste si sólo serías mi esposa -le recordó-. Y te dije entonces que me acostaría contigo.
-¡No me hables así! -se acercó a la cama y se aferró de uno de los postes para no caer. Estuvo tentada a decirle que sabía todo lo de su amante pero temía irritarlo más-. ¿No te das cuenta de cómo me siento? Todo lo que ves es. . .
-A mi esposa que me desafía y eso no me agrada -intervino. -Todo lo que ves es un objeto. ¿No crees que tengo sentimientos?
-¿Acaso consideras los míos? -levantó una ceja, imperioso.
-No tienes sentimientos -se apoyó en el pilar, jadeante, mientras Esteban continuaba soltando los botones. No tenía energías para evitarlo-. Un anillo de bodas no significa la lujuria.

Una y mil noches de amorDonde viven las historias. Descúbrelo ahora