Mi peor pesadilla

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«Tributo, ha llegado tu momento. Tú eres el nuevo Gobierno. Como Ministro de Tortura, reúnete conmigo en la sala PJ del Capitolio cuando tengas un plan trazado y activado».


Buena frase, me la apunto. Tengo una imaginación desbordante. Este año me llevo de calle el Watty con «Yo, Señor Tumor». Bueno, ya está bien de escribir lo que se me viene a la cabeza, tengo que ir a la sala PJ del Capitolio. Un buen Ministro de Tortura sabe que a los impuntuales se les condena a la desesperación por cliffhanger.


Están aquí el resto de tributos. Ministros de Insanidad, de Información... de ¿CEATMUEEA? Ese holograma me da muy mala espina, algo en los dos píxeles que tiene por ojos me eriza el vello. Pero hay que reconocer que todo lo que dice son genialidades, parecen salidas de mi propia mente. Y sabe bien cómo dar un golpe de estado. Me lo voy a pasar de miedo con los rebeldes que se resistan.


Me dirijo a mis nuevas dependencias, hay mucho trabajo que hacer. Qué hermosa palabra: trabajo, del latín tripalium, esos tres palos para atar a los disidentes abiertos de piernas y brazos y fustigarlos. Sí, hay mucho trabajo que hacer.


—Tú, el grandullón de cara de alpargata, baba suspendida y mentón colgante. Te nombro Vicepresidente Ejecutivo. Vas a confiscar todos los ensayos, tratados y artículos de investigación sobre métodos de tortura. Todo. Libros de autoayuda, obras completas de Paulo Coelho, letras de canciones de Leticia Sabater... Todo, ¿entendido? ¡Quiero estas estanterías llenas de tortura!

—Mmfmmf.

—¿Qué?

—Su Suplicio —interviene un hombre achaparrado, bizco y con chepa—, Gaúl no oye bien.


El jorobado le dice algo al oído al gigante, que asiente y se marcha con pasos que hacen temblar la sala. Nombro VE a Pseudomodo y le asigno tareas de bufón. Nada que amargue más la existencia que unos buenos chistes malos contados por un enano deforme. Un par de investiduras de Vicepresidentes Ejecutivos más y me dirijo a pasear por los niveles subterráneos del Capitolio. Qué delicia. Salpicaremos estas celdas con ratas por aquí, moho por allá y furbies en las esquinas. No volveré a echar de menos mi sótano. Qué recuerdos. Me hago un ovillo en un rincón de un calabozo, como en mi más tierna infancia. Solo un sueñecito.


No sé cuánto tiempo ha pasado. Por las ojeras del furby, diría que días. O semanas. Vuelvo a mis dependencias. Las estanterías están llenas de tortugas de todos los tamaños. Hay una encima de otra, empujando y emitiendo un sonido hipnótico.


—¡Pseudomodo! ¿Qué es esto?

—No lo sé, señog, le di ógdenes muy clagas a Gaúl.


Ahora que lo pienso, es «hora de irnos. Incluso para los patos como yo, esto es demasiado. Pulsa el botón y reinícialo todo».


Cierto, el botón rojo de la mesa. Le doy. Espera un momento. ¿Cómo que pato? ¡Juanito! ¡Mi peor pesadilla! ¡Controlado por un hipnopato!


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