Capítulo #3

4 0 0
                                        

–Los segundos se me escapaban entre los pies–  y de nuevo me perdía en otro mundo, en este tipo de situaciones podía ver como un imagen fantasma salía de mi cuerpo y volaba por todo en lugar mientras mi cuerpo se quedaba allí petrificado sin decir nada, sin moverse, sin hablar y casi sin respirar. De nuevo me abstraía del mundo real, ¿Qué se supone que debía pensar en ese momento? ¿Qué se supone que debe hace un jovencito de trece años ante semejante situación? ¿Qué debía decir en aquel instante donde escucho el nombre de un hombre que podía ser mi padre? No cabía duda que era mi padre, todos sus rasgos se me hacia familiares desde el momento en el que me pregunto por el cuadro donde paradójicamente, lo pintaba a él y a mi madre. ¿Podía ser el destino tan justo o tan cruel? ¿Por qué me lo puso en el camino? ¿Qué pretendía Dios con esto? Cierto, el poder divino ya no existía para mi… Pero en este caso yo no había elegido mi destino, yo no había elegido conocer a este señor que “era mi padre” él simplemente se había presentado ante mí en una de las estaciones de tren más concurridas del centro de París. No tenia respuesta para las miles de preguntas que me hacia a mi mismo en ese momento, al parecer había heredado genéticamente esta condición psicológica de mi madre.  Se detenía el tiempo de nuevo, y podía ver desde una tercera persona toda la situación en ese lugar.

     “Una estación con gente caminando rápido para no perder su tren, viajeros con cara de haber tenido muchas horas de viaje apurados para llegar a su casa o su hotel y así poder descansar. Vendedores ambulantes escapando de los guardias que no le dejaban ganarse unos francos al día, comerciantes que se reían de los vendedores ambulantes porque era correteados a cada momento por los guardias, perros deambulando por la estación en busca de algo de comer y casi siendo arrollados a cada momento por los trenes, gente que escondía sus libros al bajar del tren por temor a ser mirados extrañamente por alguien, parejas jóvenes despidiéndose con besos profundos llenos de dolor o alegría según fuese el caso. Una chica sentada esperando al amor de su vida llegar de alguna academia militar de otra parte de Francia, guardias intentando hacer su trabajo y manteniendo el orden dentro de la estación y un jovencito con ropas comunes, de aspecto “muy francés” con tez blanca, de cabello negro y ojos café claros, con unos cuadros recostados en la pared, parado casi inmóvil frente a un hombre alto, con traje y un sombrero, lentes y cabellera grisácea, esperando que este le dijera algo.”  –Era lo que podía ver en ese momento–


     Lo podía ver todo con el momento detenido en el tiempo, con el tiempo fraccionando los segundos, sin poder pensar nada de lo que acontecía, solo sorprendido. De repente tal y como se detuvo, todo se acelero en un solo instante, regrese a la estación de tren, parpadee una veces y cuando termine de reaccionar para hacer algo –aun no sabia qué– Lucien ya no estaba. Se había ido como había aparecido. ¿Acaso era costumbre de este hombre desaparecer cuando mi vida más lo necesitaba? El problema era que yo no me había percatado de que ya habían pasado mas de diez minutos desde que este hombre me dijo su nombre, el tiempo parecía haberse detenido mas de una  hora y fueron tan solo unos minutos, lo suficiente para que este hombre pensara que yo estaba hipnotizado y resolviera en marcharse. ¿Podría haber sido un sueño? …No, tenia 1.000 francos en la mano y un cuadro menos, todo había sido absolutamente real. ¿Lucien sabría quien era yo? Yo no lo sabía, no sabía nada en ese momento y ya me empezaba a doler la cabeza de tanto hacerme preguntas a mi mismo.

     “Seguro no sabe quien soy” –pensaba para mi mismo– Pero, 1.000 francos por un cuadro a un jovencito de la estación que además, estaba haciendo algo ilegal era demasiado dinero. “¡Basta! Tengo que dejar de pensar” resolví en recoger mis cuadros e ir a casa de mi mejor amigo, quien por cierto, no sabia nada de mi desde hace algunos días atrás.

— ¡Sébastien ábreme, soy Santiago!

— ¡Santiago! Que alegría amigo ¿Qué te habías hecho? Estaba preocupado, mi madre telefoneo a la tuya algunas veces, pero nadie contesto en tu casa.

MaríeDonde viven las historias. Descúbrelo ahora