Capítulo 4

77 7 5
                                    

Perros obedientes

Mundo Humano

CMPV

Henry Maxwell era un hombre viejo que irradiaba molestia mientras la dichosa directora M lo esperaba en silencio a pocos metros frente él. Se pasó una mano por su cabello corto grisáceo mientras sus ojos color miel miraban la situación con una seriedad perturbadora.

No se había esperado que un sinvergüenza le contestara de tal forma cuando preguntó qué carajos sucedía. No se había esperado que una mujer que lucía atrapada en la perenne jovialidad adulta fuera a aturdirlo un poco, porque después de todo, nadie se le enfrentaba en silencio, menos de manera directa.

Reconocía a alguien que protegería a los suyos a toda costa. Después de todo, él era uno.

Se quedó callado y quieto para no perder los estribos después de un día totalmente estresante y lleno de cosas a las que tenía que adaptarse. Comenzó a respirar profundo, intentando buscar la calma y no la desesperación cuando un recluta hacía mal sus estiramientos.

Miro nuevamente a la mujer, su expresión serena y cautelosa al estar parada frente a él. Había algo que le hacía tener respeto de manera... natural. Mantener las distancias de esa mujer de mantera intuitiva. Y si eso pasaba, significaba que ella era realmente peligrosa.

Luego llevó sus ojos al hombre moreno a su lado. Un idiota presumido, por lo que lo ignoró.

Qué jodidos está todo esto. ¿Cómo haré para que todo pueda funcionar?, se preguntó.

Solo debía tolerarlos a todos por obligación. Por todo lo que él consideraba sagrado, esto era algo sumamente desconocido. En su oído Elliot no dejaba de preguntar por instrucciones, trayéndolo de regreso.

―Mantén a los guardias al límite, Nakamura ―dijo finalmente por el auricular, escuchando lo que le decía el jefe de seguridad.

Mirando a su equipo y a O'Connor, supo que todo estaba bien. Todos estaban presentes.

El sonido de muchas armas siendo bajadas se escuchó alrededor como un eco. Lo mismo pasó con sus hombres hasta que volvieron a ser alzadas, esta vez apuntando a la mujer de cabello negro y azul que, con cada paso que dio, fue para ir directo a un árbol cualquiera cerca de ellos. O más bien el árbol más antiguo de la propiedad.

― ¡No disparen, joder! ¡No disparen! ―ordenó Maxwell a fuertes gritos a pesar de que sí deseó darles una bienvenida con balas ante su inoportuna intromisión por más que supiera que iban a llegar tarde o temprano―. ¡Bajen las malditas armas!

― ¡Todos mantengan la calma! Solo está caminando al árbol, carajos. Nakamura ―dijo O'Connor al auricular en su oído con rapidez―, haz que los hombres de la muralla bajen las malditas armas. ¡No me importa! No haremos de este lugar una zona de fuego.

Leonard hizo el amago de acercarse a Amelia por su tonta acción, pero Mephisto lo detuvo del brazo con sutileza. Le negó en silencio.

―No la detengas. No importa que nos señalen con sus armas, ella debe hacer lo que su naturaleza quiere que haga. Curar.

―Di eso cuando cientos de armas no estén apuntándonos, Meph ―dijo Silas cerca de ellos, precavido.

Leo apretó su quijada, abnegado de aceptarlo cuando toda la atención recayó en Amelia, asegurándole al pelirrojo por lo bajo: ―No sabrán cuándo el tiempo se les congeló apenas jalen el gatillo.

Amelia se detuvo frente al gran árbol inclinado, ahuecado y con matices enfermizos. Era el árbol más antiguo del complejo empero se podría por dentro, destinada a morir con el paso del tiempo. Era el epítome de un árbol realmente carente de vida entre tanto paisaje pintoresco en pleno verano. Ella, con sus labios formados en una fina línea, sintió su dolor sin tener la necesidad de tocarla todavía.

Has llegado al final de las partes publicadas.

⏰ Última actualización: Apr 30, 2021 ⏰

¡Añade esta historia a tu biblioteca para recibir notificaciones sobre nuevas partes!

Los Secretos de MysticDonde viven las historias. Descúbrelo ahora