Me enciendes

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Los miedos están ahí para ser soportados. Nadie es valiente si no sabe qué temer.

Diez minutos.

Llevaba diez minutos sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared, sujetando sus rodillas con sus brazos.

Llevaba ya demasiadas horas con las lentillas, le ardían los ojos, por lo que decidió quitárselas. Fue una auténtica odisea teniendo en cuenta que no tenía ningún espejo, pero almenos se había traído el pequeño estuche para guardarlas en el bolsillo. Tuvo que usar la pantalla de su móvil, usando la cámara frontal, con lo poco que se veía. Hizo lo mismo con sus colmillos.

No se imaginaba que fueran más difíciles de quitar que las lentillas, parecía que su hermana se los hubiera pegado con cemento.

Quería hacer algo con su maquillaje. Bueno, más bien, quería quitárselo. Sentía su rostro demasiado sucio, estaba seguro que la raya de le habría corrido y que parecería un mapache. Notaba que ya no le quedaba nada de pintalabios, se lo habría ido comiendo sin darse cuenta.

Se frotó la cara con un pañuelo de tela, uno de los que siempre traía en caso de necesidad. No era mucho, pero algo haría.

Le asustaba saber que, para limpiarse bien, también le haría falta desmaquillante y agua micelar. Su hermana le había influenciado demasiado... pero teniendo en cuenta que solo disponía de su saliva, tendría que apañarse.

Cuando hubo acabado, volvió a mirarse en la pantalla de su teléfono. Se veía oscuro, pero lo justo para ver que, efectivamente, estaba hecho un desastre. Se quitó lo mejor que pudo el maquillaje en sus ojos, y pasó de mapache a gótico.

Qué más daba. Almenos ya no molestaba tanto.

Veinte minutos.

Levantó su cabeza, mirando a la luna, algo que le calmaba y le ayudaba a poner en orden sus pensamientos.

La luna fue una de esas pocas compañeras que tuvo en su infancia. Algo constante. Algo claro en las noches. Una luz en la oscuridad que tuvo que vivir, sufriendo el constante desprecio de su padre y las palizas de sus hermanos mayores.

A diferencia de a muchos niños, a él le gustaban las noches. A esas horas, su madre y su hermana siempre estaban en casa, y era donde él podía esconderse. En cambio, cuando salía el sol, quedaba al descubierto.

Al descubierto de los psicópatas de sus hermanos, esos que se lo pasaban tan bien humillándole. La llegada del sol implicaba la ida de su madre a trabajar y su hermana al colegio. Él quedaba solo, con esos tres con vía libre para hacer lo que quisieran.

Se preguntó cuántas veces corrió a pedirle ayuda a su padre. Seguramente las mismas que se lo quitó de encima diciéndole que no fuera una "nenaza" y aprendiera a defenderse, hasta que dejó de hacerlo.

Sanji no dudaba que no hubiera momentos felices. Tuvo que haberlos, era imposible que en diez años no hubiera habido ni uno. Era imposible que su padre no le hubiera dicho "te quiero" ni una sola vez, ni lo hubiera abrazado o dado un beso.

Era imposible que no se hubiera unido a sus hermanos en alguna travesura, que no hubieran jugado a nada juntos.

Por supuesto que tuvo que haber buenos momentos. El problema era que, los malos, eran tan fuertes, que consiguieron opacarlos por completo.

Si realmente esos momentos felices existieron, como él quería creer, no conseguía recordarlos en absoluto.

Treinta minutos.

A Halloween TaleHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora