Te quiero

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De la suerte y de la muerte no hay quien escape

– ¡Robin! ¡Mira, mira eso! ¡No te lo pierdas! –decía el Leviatán, con una bolsa de palomitas en su mano. Había ido un momento al edificio más cercano a buscarlas, ese espectáculo era demasiado interesante.

–Ya lo veo, Jinbe, estoy mirando. –respondió el demonio, con una sonrisa sincera en sus labios.

– ¡Pero mira! ¡Que se están besando! ¡Por fin! –seguía Jinbe emocionado.

No respondió, solo siguió sonriendo y tomó una de las palomitas de su socio, poniéndosela en la boca y degustándola con elegancia. Realmente se alegraba que esos dos por fin hubieran dado el paso.

Pero no era suficiente.

Miró hacia el cielo, en dirección a la luna, cada vez más baja. Serían las tres de la madrugada, tenían poco más de tres horas para romper la maldición que ella misma les había puesto. Robin realmente no deseaba herirles, pero toda magia conlleva un precio.

Y ella era un demonio, si no conseguían cumplir sus deseos, ella iba a quedarse con sus almas. En eso consistían los tratos con los demonios, era una ley más antigua que su propia existencia, y bajo ninguna circunstancia podía romperse.

Los demonios eran quienes especificaban los términos de los contratos, y ella fue muy clara en los suyos: "Uno desea amar, el otro ser amado. Uno desea pasión, otro aceptación. Dos envidian lo que no tienen: he aquí vuestros deseos cumplidos. Uno cumplirá cuando se exponga, el otro cuando lo salve."

Y hasta que no cumplieran su parte, estarían condenados.

*

Le ardían los labios. Le ardían con mucha intensidad.

Y seguiría ignorando esa sensación aunque le terminaran sangrando. Porque esa incomodidad, se veía superada de muy lejos por la excitación que estaba sintiendo en esos momentos, al besar a Sanji.

Seguía devorándole sin cesar, lamiendo y mordiéndole a la mínima que tenía oportunidad, sin dejarse un rincón de su boca por probar. Era demasiado tiempo deseándole, y ahora le resultaba imposible contenerse.

Sentía un leve calor en el interior de su cuerpo, y siguió moviéndose guiada por su instinto.

Con las piernas ligeramente abiertas, notó como una de las piernas de Sanji se colaba entre las suyas, restregándose contra su entrepierna y notando cierto bulto que rozaba el punto exacto para encenderla todavía más.

Sin perder el tiempo, Zoro empujó con mucha fuerza a Sanji hasta el árbol más cercano, a un par de metros.

El rubio, ligeramente aturdido, la miró sin entender del todo qué pasaba, porqué le había cortado de esa forma.

Como si se tratara de una presa observando a su depredador, solo pudo observar como Zoro, totalmente hambrienta de él, se acercaba a él con decisión, casi con furia animal, cada vez más cerca, con esa fuerza que desprendía.

–Zo-Zoro... –Alcanzó a suspirar en cuanto la chica volvió a abalanzarse encima de él, atacando ésta vez su cuello.

Oírlo así era todo lo que necesitaba para perder el poco control que le quedaba.

Primero, repartía suaves besos, respirando ligeramente en la oreja del chico, consiguiendo ponerle la piel de gallina.

Zoro estaba totalmente pegada a él, acariciando sus costados y sintiendo como su erección presionaba contra ella. Y le encantaba.

A Halloween TaleHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora