Capítulo cuatro.

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DAGEN

Su cabello caía en ondas suaves que me mostraban el camino a los prominentes senos resguardados por el fino encaje.

Los ojos verdes grisáceos brillando con su usual majestuosidad, disfrutando de hipnotizar a todo quien los viera para tenerlos bajo su dominio y quemarlos a su antojo.

Mis manos recorrieron su cuerpo pecaminoso, memorizando cada curva mortal, disfrutando de sus suspiros de placer y el modo en que las caderas se movían sobre mi regazo para volverme loco con su sensualidad. Mis dedos se abrieron paso a través de sus bragas y ella se movió buscando mi toque con desesperación, cerrando sus ojos.

Sigues creyendo que tienes oportunidad—soltó una risa traviesa—. Puedes fantasear todo lo que quieras conmigo, pero jamás será una realidad, Dagen.

—¿Estamos locos por hacer esto?—pregunté.

Es decir, nos habíamos follado en la casa de sus padres sin vergüenza cuando yo debía averiguar sí ella era o no una asesina.

Somos adultos, nos gustamos—se puso boca abajo sobre mi pecho. Le acaricie la espalda baja y el culo como sí nos conociéramos de toda la vida—. No cambia el hecho de que tenemos vida diferentes, ni que crees que maté a alguien...

Lise...—me besó en la boca y negó.

Tampoco cambia el hecho de que no confío en ti, sé que escondes más de lo que parece—tragué saliva, ella continuó—. Pero nada de eso me importa, porque disfruté follarte y quiero seguir haciéndolo.

También yo.

No por mucho—iba a preguntar a qué se refería pero las palabras se desvanecieron cuando su mano traviesa se puso entre nosotros.

Me tomó de la verga, acariciando con una mirada maliciosa. Me besó en la boca y clavó sus uñas en la punta lo que me hizo gemir.

¿Otra vez?

Eres un Dios del sexo—le sonreí, ella me devolvió la sonrisa.

¿Qué haces?

La miré embelesado por su belleza. Tenía las tetas grandes, los labios hinchados por mis besos y la melena despeinada.

Es hora de que el Dios conozca a la Diosa del sexo.

Me desperté de golpe, con los ojos abiertos de par en par en dirección al techo impoluto, incrédulo en toda la extensión de la palabra.

¿Tuve un sueño erótico con Lise?

En mis veinticuatro años de vida no había tenido un sueño de esos, por mucho que deseara a una mujer me controlaba lo suficiente para no pasar a este tipo de situaciones. Parecía un adolescente tonto que se calentaba solo con una sonrisa de la chica que le gusta, me sentía patético.

Era de noche, estaba acostado sobre notas al azar que había roto y lanzado por la cama antes de caer rendido sobre ella, y estaba tan duro que me dolía.

Mi mente no podía centrarse en algo más que el recuerdo de Lise chupando un helado de forma sensual. Me puse duro al instante en que su lengua rodeó la punta de la crema, con sus ojos fijos en los míos. Fue un espectáculo intenso que me acompañó durante todo nuestro paseo hasta que ella se despidió y no volvió a cruzarse conmigo el resto del día y ahora otra vez estaba excitado por la imagen de ella en ropa interior sobre mí que se perpetuó en mi mente.

Verdades OcultasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora