Los colonos habían recorrido parte de las casi inexploradas arenas de Marte. Y sus innumerables kilómetros de historia, aún intacta, seguían bajo sus pies y en los extremos del planeta.
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David había formado parte de las primeras expediciones al polo norte, o en Marte, Planum Boreum. Las más grandes reservas de agua se encontraban allí, congeladas tras eones de transformación geológica y cambios atmosféricos. Pero aún había suficiente para abastecer miles de colonias, de hecho, millones, incluso suficiente como para recrear los océanos ahora extintos. Sin embargo, no era ese el fin de todo. Al menos, no por ahora que los recursos terrestres eran escasos y el presupuesto igual; tan solo les quedaba aquello que el padre Marte les había dejado como un testamento para sus futuros colonos. Y no era poco: grandes reservas minerales, un asteroide rico en carbono, Deimos, y reservas de hielo gigantescas. Era como una Tierra desolada y lista para empaquetar si se tomaba en cuenta que no era totalmente inmutable.
Los hombres y mujeres que controlaban el flujo del hielo a través de las llanuras y colinas rojas se movían en remolques, para luego enviar trepadores a escalar los montículos más accesible; si era así, y tenían suerte de que lo fuera, iniciaban las obras con la excavación o corte del hielo más accesible. Algunos regresaban con datos de investigaciones independientes, por lo que aprendían del polo norte mientras aprovechaban sus volúmenes más cercanos que luego eran trasladados desde el borde con una inclinación ideal. En pocas palabras, empujaban los pedazos de hielo más pequeños dejando que resbalasen hasta el lugar adecuado.
Aunque ya no quedaba mucho de él, David recordaba Noctis, aquel gigantesco laberinto invernal de roca que marcaba la superficie marciana y donde cuarenta años atrás él y demás colonos habían construido humidificadores y diferentes mecanismos que liberaban el líquido vital a la atmósfera en un esfuerzo por espesarla. Un grato recuerdo, uno de los pocos que le quedaban. La habían llamado la Edad de Oro de la Terraformación. Ahora tan solo se conformaban con sobrevivir, y le había desilusionado formar parte de ello, pero era la única forma de quedarse allí y no volver a la Tierra. Las arenas marcianas eran su hogar. Y quizás sería lo que llevase al fracaso todo el trabajo invertido.
Ahora se encontraba en uno de los extremos más hostiles, y por lo tanto más solitarios de todo Marte. Llegó con uno de los remolques de hielo a la cantera situada al borde del Polo Norte Marciano, que en vez de minerales era una fuente de témpanos sacados a fuerza de gravedad o en gigantescas plataformas con ruedas hidráulicas. De hecho, fue lo primero que vio: una plataforma de acero y magnesio con seis ruedas cargando un bloque reluciente de agua congelada en Marte. Era algo curioso pensar que sería usado en pequeños cubos para enfriar una bebida. Y estaba en lo cierto.
Las ruedas de seis metros de diámetro hicieron un esfuerzo considerable para sacar de lo alto de esa mesa aquel témpano marciano. David la esquivó mientras la plataforma avanzaba lentamente. Los escaladores estaban aún la vista, tirando de los cables hacia el borde más próximo hasta llegar la llanura polar que esperaba aún a cien metros sobre sus cabezas. Eran quienes lo exploraban para hallar puntos clave de fractura.
El estar tan cerca del polo hacía que las corrientes de aire circundantes fueran más frías de lo normal, lo mismo que sucedía en los demás pozos de hielo que se protegían a sí mismos mediante tapas de aire congelado. Ajustó el cable a su traje y encendió el comunicador. La estática vino primero, luego las voces lejanas de los demás escaladores que peleaban por llegar primeros a la cima. Era algo del día a día. Él también era un escalador.
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A suficiente altura, el interior del traje térmico se hizo más frío, pues la tapa de aire helado estaba más próxima. La batería hizo lo suyo inyectando unos cuantos grados mediante calefactores en la mochila de aire. En ese sentido, aquel era un traje especial: unos cuantos tensores, como ligamentos en las piernas y brazos, generaban electricidad cuando David se movía, enviando esa energía a la batería y esta calentado la atmósfera; David seguía vivo y cargaba de nuevo la batería. Aunque siempre había un desgaste, era mejor que arriesgarse a morir en el lugar más gélido del planeta rojo.
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Antología Marciana Vol.1
Science FictionMarte ha sido durante eones un desierto árido y sin vida. Las tormentas de polvo y climas extremos lo han hecho inhabitable, y aún así se ha convertido en el sueño de científicos y escritores de ciencia ficción. Ahora, en el siglo veintiuno, un grup...