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Lágrimas amargas descendían sobre el fino rostro de MinHo, se encontraba sentado en una banca a la deriva de la cruda soledad. Estaba deshecho por haber asesinado a sus padres hace tan sólo un par de horas y él se sentia como la mierda, se sentia asqueroso. ¿Qué si era necesario? Si que lo era para él, ¡Iban a separarlo de su pequeño amor! ¡No iba a permitirlo de ninguna manera! Recuerda todo a detalle y no puede evitar sentir unas terribles ganas de devolver lo que comió cuando lo hace.
Horas antes.
— MinHo —El mencionado adolescente de dieciséis años sube su mirada en cuanto escucha su nombre salir de los labios de su padre, deja el utensilio filoso que utilizaba y le mira expectante
— ¿Que es lo que sucede, padre?
— Quiero que te mantengas lejos del niño Han, su familia se ha quejado de que lo acosas diarianmente —Su padre lo mira con desprecio, MinHo se siente herido por unos momentos pero prefiere no demostrarlo—. Maldición, estás obsesionado con ese chiquillo, llevas toda la maldita vida siguiéndolo.
— No voy a alejarme porque tú lo digas.
— Te vas a alejar de él para siempre, MinHo. ¡Van a ponerte una orden de restricción y además soy tu maldito padre! Mientras yo viva entonces tendrás que obedecerme.
El adolescente le dedica una mirada de rabia, parece prestarle demasiada atención a sus últimas palabras.
— ¿Qué? ¡No puedes hacerme esto!
— Lo harán ellos y lo haré yo. Estás trastornado, no es normal —El hombre lo empuja ocasionando que su cuerpo choque con la madera de aquella cocineta, MinHo suelta un pequeño quejido de dolor—. ¡Escucha las estupideces que dices! Eres un maldito niño loco!
— No vas a alejarlo —Expresa con dureza mientras lo mira con una frialdad que asustaría a cualquiera y no era la excepción su padre quien retrocede unos pasos sorprendido pero no asustado.
— ¡Me importa un carajo lo que digas! Te vas a alejar de ese maldito crío para siempre mientras sigas viviendo y comiendo de mi casa, eres menor y tienes que obedecerme.
— ¡No vas a alejarlo de mi! —Logra gritar el azabache apuñalándolo en el pecho con el cuchillo que anteriormente usaba para cortar las verduras. Uno, dos, tres, cuatro, cinco y pierde la cuenta de cuantas veces encajó el filoso cuchillo en el corazón de su padre. Esas dolorosas apuñaladas fueron suficiente para terminar con la vida del hombre que a él se la dió.
— No podrás quitármelo si no tienes vida, ¿Verdad, padre? Has dicho que mientras tengas vida, yo tengo que obedecerte. Oops, ahora no la tienes. —Menciona al sangrante cadáver de su progenitor mientras suelta una histérica carcajada por la adrenalina, su mente retorcida ideó volver a sacar el cuchillo del aquél inerte cuerpo para simplemente volver a encajarlo sin rechistar sobre la garganta de su padre.