6. Rompecabezas

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Su cabeza era un desastre.

No podía sacar de su cabeza la noche del viernes.

Estaría mintiendo si dijera que hubiera preferido rechazar la invitación de Chris y quedarse en cambio en su departamento viendo alguna película o incluso repasando trabajo pendiente. Ver a la pequeña de cabellos negros de esa forma había movido algo en él... Algo que en cierto punto le incomodaba y no lograba entender del todo. Y por supuesto que le molestaba que la chica haya sido tan descuidada con los tragos, estaba claro que no era una buena bebedora. Estaba sumamente enfurecido por eso y ni siquiera se entendía a sí mismo.

La recordó bailando entre la multitud con sus inexpertos, torpes, pero de alguna manera, seductores movimientos y volvió a tensar la mandíbula. Justo como lo había hecho esa noche. Las ganas de ir hasta donde se encontraba y llevarla consigo a que se sentara de una buena vez casi lo traicionaban, pero prefería que estuviera bailando con su amiga a que estuviera en la mesa.

—Son realmente lindas, ¿verdad? — Le había dicho su amigo Tom.

—Y menores.— Le recordó pero solo logró sacarle una risa al inglés.

—¿Recuerdas que a Ale le llevas ocho años?—Sus palabras habían causado que arrugara su entrecejo.

—Es diferente.

—¿Por qué?

Porque una de ellas es mi alumna, pensó para sí mismo. Sin embargo, no dijo nada más.

Justo después de eso se había permitido verla de nuevo, la había visto acomodar su espeso cabello negro de modo que quedó sobre uno de sus hombros, dejando a la vista su cuello. Recordó su piel un poco sudorosa por el calor del ambiente y su cuerpo dentro de ese ajustado vestido que se movía con cierto encanto al compás de la música. Sus labios habían perdido el labial debido a las bebidas dejando en su lugar una ligera sombra de lo que había sido un rojo intenso. Y sus ojos. Sus ojos se encontraban con las pupilas algo dilatadas dándole cierto toque etéreo. Lucía tan inocente y tan inmersa en un aura que le prometía riesgos. Tan pecaminosa. Incluso su nombre parecía concordar. Evadne. Tan pura pero capaz de contaminarse y de contaminar.

Tan... Eva.

Ya era domingo por la noche y no había dejado de pensar en el inesperado giro que había tomado todo.

—Sebastian, ¿me estás escuchando?— La voz de su novia lo devolvió a la realidad.

Parpadeó un par de veces en un intento de enfocarse en el presente.

—Perdón, me he distraído con algo.— Habló a través del teléfono que sostenía pegado a su oreja. Carraspeó.—¿Qué me decías?

—Estás muy distraído, cariño. ¿Ocurre algo?— Ella no necesitaba estar en la misma habitación que él para saber cuando algo lo molestaba, la preocupación era casi palpable en la voz de ella. Sebastian suspiró.

—Nada de qué preocuparse, linda.— dijo cerrando los ojos con cansancio para después pasarse los dedos por estos.—Solo estoy con algo de trabajo.

La rubia sintió un pinchazo en su pecho y se generó un silencio en la línea.

—¿Qué te parece si voy a tu departamento el viernes que viene? — Su cálida voz llenó de pronto el altavoz.—Sin trabajo, sin celulares. Un fin de semana para ti y para mí.

Sebastian sonrió sintiendo la calidez invadirlo desde dentro. Justo eso era todo lo que necesitaba. Dirigió su vista hacia la cajita de terciopelo que había colocado arriba de su armario, de forma que no estuviera a simple vista.

PLACER PECAMINOSO |Sebastian Stan|Donde viven las historias. Descúbrelo ahora