[3] Desencaminado

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- ¡¿Qué demonios te ha pasado, Naidiel?! -exclamó mi madre atemorizada por mi aspecto, el cual ahora que me fijaba era realmente deprimente. Me extraña el hecho de que Janna no hiciera mención alguna acerca de cómo me había dejado el incidente del golpe, al cual se le añadió después la carrera y el tirón en la camiseta que Rich me hizo, dejando marca-.

- Nada por lo que preocuparse, mamá. Las típicas aventuras callejeras que no entenderías... -solté irónicamente con una sonrisa. A ella, de lo contrario, no parecía hacerle mucha gracia-.

- Aventuras, ¿no? Pues verás ahora la genial aventura que te voy a encargar; la de lavar a mano esa ropa, que no soy ni tu esclava ni tu criada, y ya eres suficientemente mayor como para asumir ciertas responsabilidades -devolvió ella, rompiéndome y dejando mi humor por los suelos-. ¡Espavila!

Mi madre, a diferencia de otras mamás modelo, era la típica que encontraba la aguja en el pajar, y no se cansaba jamás de repetir lo mismo una y otra vez. "Estudia o acabarás en la calle", "nunca ayudas en casa, pareces un parásito", "casi ni te vemos, entre que pasas el día fuera o en el ordenador", y un interminable etcétera. 

Papá en cambio, era más dócil en ese sentido, pero si se le antojaba era capaz de gritar más fuerte que un comentarista en un partido de fútbol, lo cual imponía bastante. Pero eran contadas las veces que intervenía, a no ser que le faltara el respeto a mi madre.

- ¿Tu madre no te había encargado no sé qué cosas para comprar? -recordó él, como echando sal en la herida-. Aparte de que llegas tarde hasta para comer, vienes con las manos vacías. Ah, y lo siento, pero no pude dejar que tus macarrones se enfriaran así que decidí ofrecerles un sitio calentito dentro de mi barriga -dijo dándose golpecitos con la mano en el abdomen-. Espero que no tengas hambre, chaval.

Y la verdad es que en ese momento tenía de todo menos hambre, asi que rechacé la oferta que mi madre propuso, de calentar lo que sobró de la comida, y me encerré en mi habitación sorprendido por haberme librado sin ninguna de las típicas charlas educativas que los padres creen que, por mucho que las repitan, van a servir de algo. 

Me senté frente al ordenador y empecé a estudiar lo que viene a ser la física nuclear, que por si no bastaba el hecho de ser un patán en la física, tenía que ser también nuclear, pero acabé despistándome. Mientras hacía malabares con el lápiz y miraba por la ventana, mi mente estaba dispersa; la sorpresa que Janna me había preparado ocupó toda mi atención. Me puse a pensar en lo que podremos hacer juntos y todos los sitios que aún no habíamos visitado, los cuales ahora, más unidos que nunca, íbamos a poder recorrer de la mano. La luz en la pantalla del celular me hizo girar la cabeza de golpe, lo cual me provocó un terrible dolor agudo en la zona superior del omoplato, justo en el cuello; un tirón. Igual me lo merecía por empanado.

- Qué tal Naid, apuesto que estás estudiando -decía el mensaje de Laura, una muy buena amiga mía que iba a mi misma clase-.

- Como para no hacerlo... El maldito exámen me tiene preocupado, y lo peor es que el profe explicó el temario de pura pena -le respondí, obviamente mintiendo, ya que mi tiempo de estudio se resumía a los cinco minutos que tardé en abrir el libro y sacar un par de hojas para parecer buen estudiante-. ¿Y tú qué?

- Créeme, estamos en las mismas... Lo llevo fatal -tengo que reconocer que Laura era de las típicas que, antes de un exámen, decían a todo el mundo que no se sabían nada y que les iba a salir fatal, y luego, casualmente, sacaban una de las notas más altas de la clase. No le veo el sentido-. ¿Quieres que quedemos esta tarde para repasar un poco? -preguntó-.

Diez. Esos eran los minutos que faltaban para la hora acordada con Janna para ir a mirar una película. Calculé el tiempo antes de ponerme con la física, pero estaba fuera de mis planes eso de desencaminarme tanto, desvariando de mi propósito hasta tal punto de quedar sumergido en mis pensamientos. Me despedí rápidamente de Laura, acordando que mañana ya estudiaríamos juntos y pidiéndole disculpas por este despiste, y me fui a duchar. Odio hacer las cosas deprisa, y soy bastante torpe bajo la presión del tiempo, así que combinando eso con el terrible dolor de cuello provocado por el tirón, resbalé en la ducha, golpeándome de lleno en el codo y la rodilla derecha.

Mientras la exagerada cantidad de sangre provocada por el golpe paró al fin, a la vez que acabé la ducha, me sequé, vestí y arreglé lo más rápido posible, habiendo tardado nada más y nada menos que 13 minutos. Posiblemente un récord para alguien que disfrutaba de largas y relajantes duchas.

Conseguí, finalmente, salir de casa, y llamé a Janna (a la cual ya estaba haciendo esperar más de cinco minutos), avisándola de que iba a tardar diez minutos en llegar. Soltó una sonora queja y me llamó estúpido, lo cual me hizo sonreír y me llenó con ganas de abrazarla fuerte.

- Entiéndeme... en parte es tu culpa por no salir de mi cabeza -me burlé-.

- Que te calles -respondió enojosa-. Ven ya, que está empezando a hacer frío.

- Ponte a dar unos saltos por ahí... igual te tiran monedas.

- ¿Sabes qué? Eres tonto. Pero mío. ¡Espavila!

Y colgó. Había recorrido ya un tercio del camino, y me puse a correr, con dificultad para poder contener esas enormes ganas que tenía de abrazarla, aun habiéndolo hecho pocas horas atrás. Me costaba mucho estar lejos de ella, pero cuando nos juntábamos no había quien nos separara. Éramos capaces de estar sentados en un banco, y simplemente llegar al beso más largo con tansolo una mirada, la cual decía más de lo que cualquier palabra fuera capaz de expresar. A diferencia de otras parejas, teníamos algo especial. Tal vez fuera ese brillo en los ojos, que inspiraba confianza y seguridad, o esas promesas que hacíamos siempre de que lo nuestro duraría eternamente, pero siempre he sentido que ella sería la última en robarme el corazón, puesto que se lo entregué para siempre. Sin devoluciones.

Amar para vivirDonde viven las historias. Descúbrelo ahora