2.

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Sebastián, tras asegurarse de que Ciel Phantomhive dormía plácidamente, paseó por la mansión inspeccionando que todo estuviese tal y como lo había ordenado. Cada detalle debía estar impecable; cualquier imperfección podía alterar la armonía del hogar y, por ende, la tranquilidad de su lord. El silencio de la mansión era profundo, interrumpido únicamente por el murmullo del viento que se colaba entre las cortinas pesadas y el tictac constante del reloj de pared en el salón principal.

El comedor estaba impecable: los platos y vasos de porcelana crema con diminutas flores azul celeste brillaban suavemente bajo la luz de las velas encendidas, que lanzaban sombras danzantes sobre la mesa. La cubertería de plata relucía sobre servilletas de lino cuidadosamente dobladas, y en el centro de la mesa un elegante arreglo de flores negras y rosas blancas —las favoritas del joven lord— completaba la escena. Sebastián se inclinó ligeramente, inspeccionando cada flor, asegurándose de que no hubiera un pétalo fuera de lugar. La precisión era esencial; cualquier descuido sería percibido, aunque Ciel aún no estuviese despierto.

En la cocina, la comida estaba lista para ser servida. Sopas frías cuidadosamente preparadas reposaban en tazones de porcelana, mousse de diferentes sabores estaba colocado en pequeñas copas de cristal, y las carnes permanecían listas para ser cocinadas al momento, conservando su jugosidad. Los armarios, milagrosamente intactos, no mostraban rastro del pequeño incendio provocado por Baldroy días atrás, un accidente que Sebastián había anotado mentalmente para supervisar mejor a partir de ese momento. La perfección debía mantenerse, sin margen para sorpresas.

El patio trasero, dividido en senderos de piedra y hierba, estaba organizado en secciones con diferentes flores: violetas cerca de la puerta, amapolas rojas, tulipanes azulados y, al fondo, rosas blancas sin espinas, cuidadosamente seleccionadas para evitar accidentes si Ciel alguna vez vagaba sin supervisión. Entre los senderos se alzaba un pequeño templete con una mesa octogonal de roble y sillas, ideal para reuniones o juegos al aire libre. Sebastián dio un paseo silencioso por ese jardín, ajustando mentalmente la disposición de cada elemento y verificando que los caminos estuviesen libres de hojas o piedras sueltas. La orden y la pulcritud eran su responsabilidad absoluta.

Al volver al interior, los sirvientes aguardaban su veredicto. Tanaka sostenía un vaso de té caliente, su respiración calma y medida, listo para ofrecer la bebida a Sebastián en cualquier momento. Mey-Rin lo miraba expectante, con los ojos ligeramente abiertos de nerviosismo, mientras Finnian mostraba orgullo en su postura, esperando la aprobación de su amo.

—Mey-Rin —dijo Sebastián, con la voz firme y precisa—, el orden del salón, la vajilla, el mantel, la cubertería, el centro de mesa… todo está perfecto. Me alegra que nada se haya roto.

—G-Gracias, señor —respondió Mey-Rin, con un ligero temblor en la voz. Su dedicación era evidente, y Sebastián lo notaba en cada gesto.

—Bard, la comida está bien presentada. El preparado de las carnes y la mousse… excelente. Buen trabajo absteniéndote de usar tu lanzallamas, chef.

—N-No era… ¿C-chef? —preguntó Bard, visiblemente nervioso, con la mirada inquieta recorriendo la sala.

—Sí, chef —afirmó Sebastián, pasando al siguiente—. Finny, las flores están intactas, la hierba correctamente cortada y la mala hierba retirada sin dañar nada más. Bien hecho.

—¡Gracias, Sebastian! —exclamó Finny con entusiasmo, con una sonrisa que mostraba orgullo genuino.

Sebastián consultó su reloj: casi eran las cinco de la tarde y, a pesar de todo, Ciel seguía durmiendo profundamente. Cada respiración era medida y tranquila, un pequeño recordatorio de que su pequeño lord, aunque mentalmente vulnerable, estaba seguro bajo su vigilancia.

De pronto, un par de ruidos interrumpieron el silencio: el timbre de la puerta y un llanto suave, apenas perceptible, pero suficiente para atraer su atención. Los sirvientes comenzaron a moverse rápidamente, como un engranaje perfectamente sincronizado, siguiendo las órdenes de Sebastián con precisión.

—Mey-Rin, recibe a los invitados; Finny, lleva sus abrigos al guardarropa; Bard, sirve unas copas de vino —indicó Sebastián, subiendo luego hacia la habitación de Ciel.

Allí encontró al pequeño con las mejillas sonrojadas por el llanto y los ojos húmedos, el pañal empapado y los brazos alzados pidiendo ser cargado. Cada sollozo era contenido con suavidad, pero también con la firmeza de quien sabe exactamente cómo calmar a su lord.

Sebastián lo tomó en brazos con delicadeza:

—Cálmate, pequeño, está bien. Te cambiaré y quedarás limpito —susurró, ofreciéndole su muñeco favorito, un conejo de trapo, mientras lo llevaba al cambiador de madera. Cada movimiento era meticuloso, asegurando que Ciel no sintiera incomodidad alguna, que ningún detalle lo perturbara.

Mientras tanto, en el comedor, los invitados aguardaban con cierta impaciencia: Madame Red y su sirviente Grell Sutcliff, junto con Elizabeth Midford. Sus miradas seguían la puerta, expectantes, mientras comentaban suavemente entre ellos la solemnidad del día.

—Espero que esté bien —murmuró Elizabeth, preocupada, ajustando discretamente su guante.

—Tranquila, tiene a Sebastián a su lado —respondió Madame Red con serenidad. Su voz firme transmitía calma, pero también respeto por la pérdida.

Los invitados permanecieron bebiendo y conversando suavemente, a la espera del regreso de Ciel. Cada palabra y gesto estaba medido, consciente de la frágil estabilidad del pequeño lord tras el funeral.

Pasado un rato, Sebastián apareció en la sala, indicando con un gesto a Mey-Rin:

—Apaguen la luz. Ahora volveré con el señorito Ciel.

Con cuidado, Sebastián sacó al pequeño de su corral y lo vistió para la ocasión: una camisa blanca con listón negro, suéter azul cielo, pantalones cortos azul marino, calcetines de hilo crema hasta las rodillas y zapatos negros de cuero. Cada prenda se ajustaba con delicadeza, como si envolverlo en orden y cuidado pudiera proteger su mente infantil de la tristeza que aún palpitaba en el aire.

Cargó al niño, junto a su muñeco y chupete de época, y descendió las escaleras.

—Ciel, tienes una sorpresa en el comedor. ¿Por qué no vas a buscarla? —dijo, colocándolo de pie bajo las escaleras para que caminara hacia el salón.

Cuando entró, la luz estaba apagada.

Al encenderse, lo recibió solo la atmósfera del salón cuidadosamente preparado: sin distracciones, sin figuras inesperadas. Sebastián permanecía a su lado, atento, listo para intervenir en caso de que el pequeño lord necesitara consuelo. Cada detalle estaba diseñado para transmitir seguridad y estabilidad, desde las flores perfectamente arregladas hasta el orden absoluto de cada objeto.

Ciel avanzó con pasos pequeños, aferrándose a su conejo de trapo, mientras Sebastián lo observaba de cerca. El silencio del salón reforzaba la solemnidad del día, dejando espacio para que la mente infantil de Ciel procesara el duelo a su propio ritmo.

Daddy's little.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora